Embajadas.

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viernes, 19 de agosto de 2011

Fuerzas invisibles.


EL FUTURO NOS TORTURA Y EL PASADO NOS ENCADENA. HE AQUÍ POR QUÉ SIEMPRE SE NOS ESCAPA EL PRESENTE.

Gustave Flaubert.

viernes, 5 de agosto de 2011

Introspección.


Los que ya me conocéis un poco, sabréis que no soy de establecer demasiadas diferencias entre lo que vienen a ser las relaciones de pareja, digamos, estándar y las de carácter puramente D/s. Es más, ni siquiera soy capaz de precisar el punto exacto donde se traspasa la delgada línea que separa las unas de las otras. Pensándolo fríamente, creo que todo se reduce a la aceptación de un determinado estado mental más que al hecho de abrazar determinadas prácticas físicas. Ahora bien. Esto no quiere decir que no se establezcan ciertos condicionantes que, como si fueran los extremos de una cuerda, nos ayudan, al menos, a discernir claramente las señas de identidad que más se oponen entre una y otra variante. Precisamente, una de esas señas de identidad es la que quiero poner de relieve y compartir con vosotros en este post.

Siempre que me han preguntado por qué creo que no se puede vivir (al menos, no plenamente) el bdsm en el seno de una relación convencional, respondo que, dentro de una pareja que se ajuste a los cánones socialmente aceptados, se ha de dar, si no una “igualdad” entre las partes (término muy políticamente correcto pero que encierra más de una contradicción), si una cierta “equidad”. Eso no quiere decir que, en un momento dado, no puedan darse acercamientos, sensaciones o, si se quiere, escarceos con todo aquello que se supone propio de la temática SM. No obstante, solo se tratará de escenas aisladas, limitadas tanto en el espacio como en el tiempo.


En la relaciones bdsm, al menos en mi opinión, no puede ni debe existir esa “igualdad” a la que antes aludía. En este caso, la diferencia de cometidos a la que han de hacer frente tanto dominantes como sometidos, impide la “equidad”. Se trata de roles opuestos; complementarios, sí; pero totalmente distintos, por lo que ese principio de “equidad” del que os hablo desaparece y pasa a ser sustituido por el de “reciprocidad” que, aunque haya quien defienda la teoría de que vienen a ser lo mismo, para mi, poco o nada tiene que ver lo uno con lo otro. Vale que los dos pueden ser empleados para definir cierta justicia en el reparto de dones, cargas o prebendas, pero, mientras el primero se suele emplear cuando existe una cierta proporcionalidad de cantidades o conceptos, no suele suceder así con el segundo.


Sí. Ya sé que se me está yendo un poco la pinza, pero dejadme que os lo explique mejor con un ejemplo.

Cuando se decide tomar la senda de la sumisión creo que, al menos, la mayoría de las personas que deciden hacerlo tienen claro que no va a suponer un camino de rosas. Por supuesto que tiene sus contrapartidas pero, estas, solo llegarán a costa de innumerables sacrificios. Durante el largo y, en ocasiones, escabroso proceso de “doma”, habrá diversos momentos en los que, aquellos que se sometan, deberán dedicar un tiempo a reflexionar sobre las enseñanzas adquiridas así como a sopesar el modo en que, estas, influyen sobre ellos. La sumisión en sí, por muchas ganas que se pongan, nunca es un plato fácil de digerir y, del mismo modo que no nos ponemos a dar saltos después de haber ingerido una comida copiosa, no resulta demasiado conveniente pasar a una fase más avanzada del adiestramiento cuando aún no se ha asimilado del todo la anterior. Se hace necesario “digerir” (si me permitís la expresión) lo aprendido hasta entonces, no vaya a ser que se produzca un “empacho” que lleve a regurgitar de manera accidental todo cuanto ya había sido “masticado”. Todos estaréis de acuerdo en que, cuando esto sucede, además del mal cuerpo que se nos queda, no nos resulta de ningún provecho lo que habíamos comido.


Para evitar tal contratiempo, resultan imprescindibles ciertos momentos de introspección (esa “digestión” de la que os hablo) para así, de un modo sosegado y más personal, alcanzar el entendimiento que permita seguir progresando. A lo largo del aprendizaje se irán alternando situaciones de este tipo con otras de distinta índole y, aunque a veces puedan dar la impresión de estar sufriendo un cierto abandono o aislamiento, tienen su porqué.

Sucede, sobre todo al iniciarse una relación D/s, que a los dominantes se nos hace necesario aplicar un gran empeño a la hora de que nuestr@s alumn@s no se empecinen en asumir cargas para las cuales todavía no están preparad@s. Esto, a su vez, suele dar pie a algún que otro berrinche por su parte, pero ello no es excusa para ir saltándose pasos que, en definitiva, nos volverían a dejar en el punto de partida una y otra vez.

Bueno. No os quiero dar más la lata pues (mientras repaso a grosso modo cuanto he escrito hasta ahora) me parece que me ha quedado un poco espeso.

Sugeridme que os parece el tema y ya comentamos.

Un saludete y feliz finde. 

martes, 2 de agosto de 2011

Las virtudes de la sencillez.


¿A quién no le ha ocurrido alguna vez que; al encontrarse ante algo nuevo, llamativo o seductor; le haya resultado poco menos que imposible el hecho de no verse deslumbrado por el taimado brillo que desprende la novedad? ¿Quién no se ha dejado arrastrar en algún momento por el ilusionante frenesí de un futuro aún no escrito en el que…, pensamos, tendrán cabida todos nuestros sueños y fantasías? Supongo que, quien más quien menos, habrá vivido situaciones por el estilo en más de una ocasión.

En el bdsm, concretamente, tienden a darse con bastante frecuencia hechos como estos, y es que, para muchos de los que se acercan a este mundillo sin contar con una predisposición o inquietud previa, resulta tremendamente fácil caer en el asombro más desmedido al conocer, y verse tentados, por aquellas prácticas más impactantes o visualmente más atractivas. Cegados por la suntuosidad, tienden a crear en su mente un universo de placer desmedido donde la tónica es un continuo deleite adornado de elegantes y originales formas. Todo se antoja hermoso, todo se intuye perfecto. Pero, si bien es verdad que pueden ser muchas las ocasiones en las que todo esto se conjugue de una forma casi mágica, también es cierto que las más de las veces no es así y que, alcanzar esas cotas de plenitud, exigen un sin número de esfuerzos, tiempo y padecimientos.


Como ya apuntaba en mi post sobre las “frustración”, muchos de los que se acercan a la D/s por primera vez suelen tener una visión en exceso idealizada sobre lo que supone asumir según que roles. Consentir en que te pongan una mordaza en un determinado momento no significa comprender que es la sumisión; hacerse con una fusta no conlleva convertirse en dominante. Vemos lo bonito que queda el látex en las fotos y decimos: “Guau, que pasada” pero, luego, nos damos cuenta de lo engorroso que resulta en realidad, la cantidad de cuidados que requiere y la facilidad con la que se deteriora. Contemplamos un video donde un Ama castiga de modo inmisericorde los testículos de su esclavo, o como un Amo (a ser posible, sobradamente dotado) horada sin contemplaciones el ano de su sumisa, y pensamos: “Si ellos pueden hacerlo… ¿por qué yo no?”. Pero, que distinto se vuelve todo cuando son nuestros propios cuerpos los que perciben esas sensaciones. Quizás, antes de nada, lo que deberíamos preguntarnos es: “¿Cuánto les habrá costado a todos esos modelos y actores el hecho de poder posar o actuar con esa naturalidad que tanto nos cautiva?” o “¿Acaso pensamos que siempre han sido así y nunca han tenido la necesidad de aprender o adaptarse?”.


Todo nos suele parecer sencillo, bonito y evidente cuando son otros los que lo ponen en práctica pero, en el fondo, todos sabemos que no suele ser así. Por esa razón, cuando se tiene la honesta intención de conocer los fundamentos del bdsm, se debe uno aproximar de forma gradual, sin caer en prejuicios o convencionalismos. Por otra parte, dentro de la D/s, hay cabida para muchas más cosas que (por su escasa repercusión visual o, simplemente, por no poder sintetizarse en una sucesión de escenas cortas) no aparecen en esas películas o montajes fotográficos a los que antes me he referido.

Son muchas las situaciones cotidianas que, tanto dominantes como sometidos, pueden aprovechar para afianzar su vínculo he ir avanzando juntos sin necesidad de recurrir a rebuscadas caracterizaciones o complicados escenarios. Con mayor frecuencia de la que pensamos, disponemos de herramientas más que suficientes para poner en práctica las premisas que definen el ámbito sm mediante actos sencillos que no requieren mayor preparación y cuya única exigencia reside en la voluntad de llevarlos a cabo. Una charla distendida mientras se toma un café, unas palabras que estimulen una idea, un aparecer inesperado o, simplemente, un silencio compartido, pueden aportar, en un momento dado, tanto o más que la más exigente de las sesiones.


A buen seguro que en esto, como en todo, cada cual gustará de aplicar su propio “tempo”, establecer sus propias prioridades e incidir en aquellos aspectos que más se ajusten a sus circunstancias pero, sin duda, nunca estará de más tomarse las cosas con un poquito de calma sin intentar englobar más que aquellas que puedan asimilarse de un modo sosegado.

¿Cómo lo veis?

Un saludo todos, ya seáis ciudadanos o viajeros que estéis de paso.


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