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lunes, 29 de octubre de 2012

Sobre gustos...



Por muy grande que resulte nuestro empeño de evitarlo, siempre que hacemos uso de la escritura estamos dando pistas a los demás sobre nuestra mentalidad, nuestro carácter e, incluso, sobre nuestro estado de ánimo. No importa el asunto que estemos tratando, ni reviste importancia el hecho de estar dejando plasmada una realidad o una ficción,  en cualquier circunstancia estaremos aportando alguna pista (por pequeña que sea) de quienes somos y como pensamos. De poco sirve recurrir al uso de ardides o engaños pues, también nuestras mentiras, hablan mucho de nosotros. Si, a todo esto, añadiéramos la impronta manuscrita a los términos que dejamos impresos, entonces, estaríamos desnudos ante la visión de aquellas mentes instruidas en leer lenguaje que se esconde tras las palabras.

Y… ¿por qué digo todo esto?, os estaréis preguntando. La explicación es muy sencilla. Reconozco que; al menos aquí, en esta ciudad; no suelo ser demasiado elocuente en lo que a mi personalidad se refiere, lo cual no quiere decir que no de constantes muestras de la misma. Una de ellas podría residir en el hecho de que; a pesar de sostener la firme creencia de que casi todo resulta bastante más sencillo de lo que parece; no soy una persona a la que le guste desvelar sus secretos así por las buenas. En modo alguno pretendo ocultarlos, pero…, para descubrirlos, habrá que hacer uso de un poco de ingenio y dedicar algo de tiempo a poner en práctica algunas de las más elementales dotes de observación.

En esta entrada, pues, deseo compartir con todos vosotros una pequeña parcela de mi mismo y que, concretamente, tiene que ver con mis gustos; aunque, eso sí, a fin de no perder la costumbre, tampoco en esta ocasión quiere hacerlo de un modo del todo convencional.

Para ello voy a servirme de parte de la obra de quien ha sido considerado como el arquetipo de “Hombre del Renacimiento”. Esta definición casi siempre va aparejada a un mismo nombre y, sí, me estoy refiriendo al insigne Leonardo da Vinci. Alguien como él no precisa de demasiados preámbulos, así que, como no entra dentro de mis planes aburriros más de la cuenta, pasaré directamente a aquello que deseo exponeros. Entre la obra pictórica de Leonardo figuran los retratos de cuatro damas y, mediante ellos, voy a dejaros una muestra de cuales son mis inquietudes.


El primero de ellos; al igual que su autor; no necesita presentación. Se conoce en todo el mundo, ha sido estudiado, descrito y reproducido hasta la saciedad. Es todo un icono cultural y una de las obras de arte más admiradas de todos los tiempos. Cuando se hace referencia a La Gioconda ¿a alguien le resulta difícil reproducir en su mente la imagen de la que estamos hablando? Pues bien, para mi, La Mona Lisa (1503), no es capaz de trasmitirme emoción alguna. Al margen del simbolismo que impregna la escena en la cual está enmarcada; el gesto neutro de su rostro, la “enigmática” sonrisa que se le supone, la mirada indiferente con la cual se asoma al mundo, no me aportan nada sobre el alma de la modelo. No pongo aquí en cuestión ni la técnica ni el saber hacer del artista, tan solo digo que; a pesar de ser su obra más conocida; la expresión de su protagonista se me antoja demasiado fría y distante.


El siguiente cuadro, sin ser ya tan popular, también resulta bastante conocido. Se trata del retrato de Cecilia Gallerani; amante de Ludovico Sforza (El Moro); que a pasado a la posteridad bajo el sobrenombre de “La dama del armiño”  (1490), en clara alusión al animal que sostiene entre sus manos y que sirve, además, para dotar a esta pintura de un claro componente alegórico. No obstante, tampoco en este caso consigue el genio italiano ofrecerme una ventana por la que poder asomarme al interior de esta joven. Cecilia permanece esquiva, eludiendo la mirada, no se sabe muy bien si distraída o, sencillamente, adoptando una estudiada pose de ausencia. Sea como fuere, poco o nada es lo que sale a relucir de su carácter por la expresión que nos brinda y, hasta cierto punto; al igual que sucede con la obra mencionada anteriormente; nos deja con la duda.

Turno, ahora, para Ginevra de Benci, el primer retrato femenino que Leonardo habría de plasmar durante su larga carrera y que compondría entre los años 1474 y 1475. De ella sabemos que era hija de un próspero banquero florentino y que, en el momento de ser retratada, no hacía mucho que se había desposado con un acaudalado comerciante de nombre Luigi di Bernardo di Lapo Nicolini. Se ha sugerido que el cuadro fue un encargo de un tal Bernardo Bembo, a la sazón embajador veneciano en Florencia, y que muchos de los elementos paisajísticos que aparecen en él tienen un marcado carácter simbólico; prueba de la profunda (aunque casta) veneración que el diplomático sentía por la joven.


Lo cierto es que el retrato de Ginevra no resulta tan realista como lo iban a ser los que le siguieron,  pero tiene otra particularidad que, tal vez, resulte aun más reseñable y que conviene destacar. Es el único de estos cuatro rostros femeninos donde su protagonista observa directamente al espectador (la “Gioconda” está mirando ligeramente a la izquierda) y ese contacto visual es el que nos permite conocer algo más acerca de ella. Se diría que de su rostro emana una gran severidad, como si nos estuviera observando con arrogancia; con desdén incluso; aunque con una tristeza latente asomando en sus ojos (¿desamor tal vez?). Sin duda, este cuadro sí que me trasmite emociones, pero no me gustan.


Y, lo mejor para el final. A mi juicio, injustamente ignorado por el gran público, el retrato de Lucrezia Crivelli; amante también de Ludovico (vaya, vaya con “El Moro”); es para mi el más digno de reconocimiento en cuanto que trasciende la fachada de lo físico para adentrarse en las emociones. Conocido como La Belle Ferronière (1496), en cuanto a su composición, es el cuadro menos elaborado de los cuatro, pues se centra únicamente en el personaje sin recurrir a ningún tipo de añadido. Sinceramente, de este grupo de damas, resulta sin duda la más hermosa y, no solo eso, lo que logra transmitir con su porte (y, en especial, con sus ojos) trasciende lo moralmente saludable. Su mirada infunde fuerza, seguridad y una sensualidad difusa pero, a la vez, ostensible y, lo que es más importante; una clara e inequívoca capacidad para usarla. Tal vez ese fuera el motivo por el que Leonardo no estimó oportuno dotar a esta obra de ningún elemento adicional; la propia modelo ya lo decía todo en sí misma. Puede que también esa sea la razón por la que esta pintura hay sido tan criticada (incluso hay quienes han puesto en duda su autoría) y haya llevado un vida tan azarosa. Si os pica la curiosidad os invito a investigar un poquito.

Así que, resumiendo. Como habéis podido comprobar no soy demasiado proclive a dejarme arrastrar por la tendencias, independientemente de lo aceptadas o reconocidas que pudieran llegar a estar. Nunca dejo de observar, de indagar, pero cuando algo no me trasmite o no me gusta como lo hace…

Un saludo a todos.


6 comentarios:

  1. Para mi la más expresiva es La Gioconda, me da una sensación de serenidad.
    La segunda la veo ambiciosa.
    La tercera la veo con mucha seguridad en si misma.
    Y la última una guapa sin mucho que aportar.
    Hay que ver con qué ojos tan diferentes se puede ver un mismo cuadro.
    Saludos.

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    Respuestas
    1. Muy cierto ohma, no existe ninguna mirada que sea del todo idéntica otra. Pero ya se sabe lo que pasa con los gustos, de ellos nace la variedad.

      Un afectuosos saludo.

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  2. Me encantó su manera de presentarnos su modo de apreciar el arte, y más aún, lo que despierta en Ud !
    La relación con una obra es un ida y vuelta, como en cualquier otra relación, y no siempre despierta las mismas emociones en los espectadores...
    Un placer leerlo...
    Saludos azules desde mi costa que lo espera...

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    Respuestas
    1. Gracias, algamarina, por tus palabras y, más aún, por albergar la esperanza de que alguien tan pobre como yo sea capaz de entender de arte lo suficiente como para saber apreciarlo.

      Por cierto, me he quedado con la intriga de cuales son los sentimientos que estas obras despiertan en ti.

      Un cordial saludo desde las aguas nubladas.

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  3. Como bien dices en cualquiera de nuestras reflexiones, nos exhibimos, unos de manera más abierta y otros más sutilmente. Eso precisamente es lo que me gusta de Tu forma de escribir, que me deja adentrarme en Tus palabras y ver de Tu interior, si observo atentamente, a través de ellas.

    Puedo asegurar (vaya si lo sé!!!)que también tienes la capacidad de expresarte de forma directa, de exponer lo que te agrada y lo que no, pero muchas veces usas otras herramientas para dejarte ver, para que seamos los demás los que a través de ello veamos de Ti.

    Creo no equivocarme al ver que en este caso usas estas cuatro obras de Leonardo da Vinci, para mostrar algo más de Ti, que no importa en realidad la herramienta que usas sino lo que quieres trasmitir aprovechando el ejemplo.

    Por eso, y porque yo soy atípica en mi forma y en mi pensamiento (a veces en exceso) no te comentaré lo que yo veo en esas obras, sino lo que siento de Ti a través de ellas...

    En este caso me he sentido afortunada por verme identificada con Lucrezia Crivelli, la cual ha pasado desapercibida ante los ojos de muchos, ignorada en muchos casos y desbancada por la famosa Mona Lisa, pero apreciada por la peculiar mirada de muchos, por Tu mirada, por esa que va mucho más allá de una belleza estética, la cual por supuesto no desprecias, pero que busca lo especial y diferente, lo que se expresa de otros modos. En muchas ocasiones yo misma me ofusco buscando la "perfección" de esa Mona Lisa y olvido lo que para Ti es importante.

    Puede que sea una completa locura que este post Tuyo me haga reflexionar sobre esto, pero ahora comprendo un poco más aquello que tiempo atrás y en varias ocasiones me has comentado...y oigo Tus palabras volver a mi para hablarme (sin mp3 ninguno...ains...):"algún día lo entenderás, mi sierva"...

    Disculpa mi ida de olla, pero esto es lo que me transmites con este post...

    Besitos.

    A Tus pies.

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    Respuestas
    1. Y, a mí, me encanta el hecho de haber sido capaz de trasmitirte, precisamente, eso. Por lo tanto, por aquello de la reciprocidad, yo haré un poco lo mismo con tu comentario.

      La sinceridad, tarde o temprano, tiene su recompensa y tú la has mostrado abiertamente en esta ocasión. ¿Qué eso se pueda interpretar como una ida de olla?... sí, es posible, pero también cuando escuchamos hablar a las personas en una lengua que nos es del todo desconocida nos da la impresión de que no son del todo normales y, ciertamente, no lo son si nos empeñamos en que sean exactamente iguales a nosotros.

      Tus reflexiones (digo yo) ¿no vendrán motivadas, más bien, por el hecho de estar comenzando a desenvolverte en un idioma que antes no comprendías?

      Piénsatelo.

      Un beso y un azote, mi dulce sierva.

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