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viernes, 1 de febrero de 2013

El viaje de Luna. ( I )



Como suele suceder con todas aquellas circunstancias insólitas que se generan de improviso, no existe forma creíble de avalar sus motivos o causas por lo que, lo más razonable en estos casos, se limita a exponer, sin más, todo cuanto viene acontecido; sin hacerse demasiadas preguntas ni pretender restringirlo a una lógica convencional. Digo esto, estimados lectores, pues tengo la firme y sana intención de haceros partícipes de la infinidad de prodigios con los cuales me he topado tras conocer lo que, a continuación, paso a relataros.

Nadie en aquel tiempo hubiera podido presagiar que algo así pudiera llegar a suceder; e incluso, muchos años después, continúa siendo objeto de asombro para muchas de las gentes conocedoras de estos hechos. De cómo; en el momento más insospechado, en el lugar menos propicio; puede llegar a surgir la chispa de lo inusitado.

Imaginaros, amigos míos, rodeados de tinieblas en el fondo de la más fría, húmeda y oscura gruta que puedan albergar las entrañas de la tierra. Pero no solo eso, pues también en el exterior de aquella caverna; en el preciso instante en que da comienzo esta historia; imperaba el más helador de los climas y se extendían las sombras amparadas por el halo nocturno.

Mas, no estoy  siendo del todo sincero con vosotros, pues, aquella noche, lucía la luna la aureola de su majestuosa esfera en toda su plenitud. Quiso el azar, así mismo, que tal fenómeno fuera a coincidir con otro de naturaleza  algo similar, aunque de frecuencia un tanto más dilatada, dando lugar a que coexistieran, en el mismo lapso cósmico, el solsticio de invierno con aquel plenilunio.

Sobre la inmaculada y endurecida escarcha que alfombraba aquella parte del mundo, quiso verter la luna sus destellos plateados. Mientras guiaba los pasos de aquellas diminutas  y brillantes guirnaldas por la tierra de los hombres, veía como se dispersaban emitiendo alocados chisporroteos, curiosas y veloces, y sin orden aparente, como si quisieran emular a las estrellas con las que está tachonado el firmamento. Pero, llegadas al pie de la gruta de la que os estoy hablando, justo en la entrada, detuvieron su avance de forma repentina, temerosas de aventurarse en su interior.


La luna, curiosa, quiso saber que ocurría e, inclinando su órbita levemente, iluminó con su luz aquel umbral tallado en la roca. Sus rayos se colaron hacia adentro y fueron rebotando entre vetas argentadas, afloramientos de cuarzo y diamantes que se asomaban entre la dura piedra. Y así y así, dando saltos, alcanzó a hallar el final de aquel túnel yendo a incidir, justamente, sobre una gota de agua que a punto estaba de desprenderse del techo. Era aquel el fluido más puro que existía en todo el ancho orbe. La esencia vital destilada durante millones de años. Como fuere, la sustancia primigenia contenida en el líquido elemento, vio la luz y despertó. Así fue como nació Luna.

La otra luna, origen de tal alumbramiento, de inmediato fue consciente de aquel hecho, pero su inexorable rumbo la obligaba a deslizarse hacia otras latitudes y le impedía permanecer allí por más tiempo. Mientras se retiraba dolida por tener que dejar sola a su prole, rogó a la tierra “guardase aquel tesoro en su ausencia” y prometió regresar en su busca cuando el ciclo se cerrara.

No era la tierra muy dada a prestarse a estas cuestiones, mas de Luna emanaba tal latencia; entre hipnótica y sedante, irradiando iridiscencias de pulsos azulados; que al ver sus relieves internos adornados por la luminosa pátina que aquel alma confería, no pudo por menos que plegarse a sus encantos y, tan cuidadosamente como pudo, buscó el modo de dar forma a un refugio adecuado para tan delicada criatura.  Decidió que el mejor sitio, siendo aquel cuerpo de agua, vendría de sumergirlo en aquel mismo elemento. Y así fue como Luna acabó siendo depositada en un oculto lago excavado entre caliza y en compañía de otras compañeras que carecían de sus mismas dotes.


Durante ese tiempo, aprendió las palabras que las grietas escribían en las paredes rocosas, supo de la armonía por el arrullo surgido de los cauces subterráneos, comprendió la geometría que esconden los minerales. Pero no supo del tiempo, la vida o las cuestiones mundanas. Solo aguardó entre penumbras el regreso de su madre, confiada en el cumplimiento de aquel  compromiso que había sido emitido durante la noche más larga.


Continúa en...


2 comentarios:

  1. Como en un sueño me he dejado llevar por Tus palabras y me ha embrujado la historia...

    Esperaré ansiosa (digo...paciente)a la continuación de tan apasionante relato...

    Gracias por dejarme disfrutar de tan maravillosa mente!

    Besines
    A Tus pies

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  2. Siendo así..., mientras esperas..., sigue soñando.

    Un beso y un azote, mi dulce sierva.

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