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jueves, 28 de febrero de 2013

El viaje de Luna. (III)


Viene de...



A lo largo del intrincado laberinto que se extiende bajo la tierra, Luna fue abriendo camino por el oscuro sendero, descubriendo, paso a paso, conducida por su aura, los contornos que se abrían ante su atenta mirada.

Aquel monótono paisaje cavernoso, conforme iba ascendiendo, adquiría nuevos matices. El aire inerte y estanco de las profundidades iba dando paso a otro mucho más complejo, impregnado de sutiles fragancias que a Luna le resultaban del todo desconocidas. Cuanto más se acercaba a la superficie más evidente se hacía su presencia. Pero eso no era todo. Sobre las pétreas paredes; hasta entonces desnudas; comenzaban a apreciarse los rastros que la vida dejaba a su paso y como algunas de sus más básicas representaciones se atrevían a colonizar aquellos sombríos lugares. Aquellas muestras se fueron haciendo cada vez más abundantes y notorias y, como colofón a todo esto; aunque fuera de un modo muy tenue; comenzó a resultar apreciable toda una amalgama de nuevos colores.

Al tiempo que todo esto sucedía, Luna tuvo conciencia de como su entorno se iba templando y de como, frente a ella, iba emergiendo una porción de aquella dorada luminosidad que el astro rey infunde al mundo y que se filtraba por entre las grietas que se abrían en la roca. Como cascadas rectilíneas, silenciosas y poco propensas a adherirse a las normas gravitatorias, aquellas columnas inertes sostenían lo invisible dándole, incluso, forma. Fue gracias a ellas como, por primera vez, pudo contemplar la obra de los seres humanos y de como sus impulsos civilizadores se empecinaban en alterar el orden natural de las cosas. Ante sí se erigían los restos tallados en piedra de glorias pasadas, arquitecturas efímeras de una voluntad acotada por la física, retazos de unos alientos seguramente apagados. Mas, allí estaban, desafiantes, haciendo alarde de su decadente belleza ante tan imprevista espectadora, dotando a aquel escenario de un embrujo indefinido que trascendía el objeto para el que fue concebido y el alcance temporal de sus propios creadores.


Absorta como estaba ante tantas novedades, Luna no prestó la debida atención a la inquietante presencia que vigilaba sus pasos. Alguien; o algo; llevaba ya un buen rato siguiendo el rastro que dejaba escudriñando entre las sombras; cuidándose muy mucho de que la luz del sol no lo alcanzara. Veloz pero sigiloso, se movía con presteza con un único y firme propósito: deshacerse con rapidez, de forma salvaje y cruenta, de aquella intrusa que había tenido el escaso acierto de adentrarse en sus dominios. No pensaba que aquello fuera a resultar muy difícil pues contaba ya con sobrada experiencia a la hora de arrebatar la vida a todos aquellos incautos con los que se encontraba. Mineros audaces y curtidos que habían recalado a aquel lugar ambicionando las riquezas que escondía la tierra; pastores que habían tenido la mala fortuna de buscar refugio en aquellos túneles al verse sorprendidos por alguna tormenta; e, incluso, algún que otro temerario aventurero que, conocedor de las leyendas que circulaban acerca de tan funesta criatura, buscaba hacerse un nombre merced a la hazaña de vencer a la bestia. Todos y cada uno de ellos habían caído bajo las garras y las fauces de aquel abominable engendro. ¿Qué podría hacer entonces un ser tan enclenque y desamparado como aquel que se movía tan confiadamente por terrenos ajenos?


El monstruo se dispuso entonces a atacar. Calculó la distancia que lo separaba de su presa y determinó la trayectoria y el impulso necesarios para llevar a cabo su feroz acometida. Cuando estimó encontrarse en la posición más idónea, se abalanzó como un rayo sobre la espalada de tan ingenua carnaza; mas…, cuando ya estaba a escasos metros de alcanzar su objetivo; Luna se volvió de repente y se le quedó mirando con una mezcla de extrañeza e inocente curiosidad.

- Hola. – dijo con la mayor naturalidad. – Me llamo Luna. ¿Tú Quién eres?

La criatura dudó que hacer durante unos instantes. Jamás había presenciado una reacción de aquel tipo y, como suele suceder con todo aquello que no nos esperamos, no supo muy bien de que forma actuar. Finalmente, tras unos segundos de confusión, emitió un espeluznante rugido a modo de amenaza que hizo temblar las paredes de la cueva, provocando, incluso, un pequeño desprendimiento no muy lejos de donde se encontraba. Pero a Luna, aquello, no le produjo la impresión deseada. Conocía a la perfección el lenguaje de la tierra; que es, en definitiva, la base del que usan todos los seres vivos; y supo traducir puntualmente los términos que se escondían tras aquel acceso de rabia.

- ¿Por qué me dices eso? – inquirió ladeando ligeramente la cabeza mientras hacía un mohín que obligaba a sus finísimas cejas a tocarse en un gesto de desaprobación. - ¿Te he ofendido al preguntarte tu nombre?

- ¡¡Mi nombre es Furia, pero no creas que por darme conversación evitarás que te despedace!! – bramó el engendró.

Para Luna, aquello ya era pasarse de la raya, así que, con los brazos en jarra, adoptó una expresión contrariada mientras hacía frente a aquel ser tan poco educado.

- ¡¡A ver!! – exclamó visiblemente indignada. - ¿¡Acaso te he hecho algo para que te muestres tan descortés conmigo!?

La mole de músculos sedienta de sangre que tenía frente a ella cada vez se sentía más confusa. Lo normal hasta entonces había sido que, su sola visión, hubiera bastado para generar las más desmesuradas muestras de pánico que pudieran llegar a imaginarse. Pero en cambio, en aquella ocasión, el rostro de su inesperada interlocutora no dejaba traslucir el menor atisbo de temor; más bien, al contrario, lo que Luna le estaba trasmitiendo era un fuerte sentimiento de reprobación no exento de cierta lástima.

- ¡¡Silencio, niña insolente!! – alcanzó a pronunciar tras la incómoda pausa. - ¡¡Has de saber que tienes frente a ti al ser más poderoso que puedas encontrarte en cientos de leguas a la redonda!! ¡¡Nadie osa acercarse a mi morada, pues es grande el terror que inspiro entre los habitantes de estas tierras!! ¡¡Yo soy el verdadero Señor de estos lugares y tomo cuanto me place siempre que quiero!!

Aunque aquellas palabras habían sido expresadas con ánimo de intimidar, no puede decirse que sonaran demasiado convincentes. Por otro lado, en el preciso instante en que fueron emitidas, la bestia comenzó a notar como una angustia se iba apoderando de ella. ¿¡Qué estaba haciendo!? ¿¡Qué necesidad tenía de justificarse ante alguien de tan escasa importancia!? Todas sus premisas empezaron a flaquear, lo que trajo consigo que su seguridad en sí misma también se viera menguada.

- ¿Ah sí? – se oyó decir a Luna, que era muy consciente de las dudas que afloraban en la mente de quien había pretendido agredirla. – Si eres tan poderoso, entonces… ¿por qué te escondes?

- ¿¡Esconderme yo!? ¿Qué tonterías son esas? – bramó el engendro mientras que, apenas sin percatarse, comenzaba a retroceder.

- Sí. Esconderte. – afirmó Luna. – Escoges un sitio oscuro y apartado para vivir cuando podrías hacerlo en cualquier otro lugar. Decides quedarte solo y aislado sin contacto con el resto del mundo. Recelas de la luz y de todo cuanto puede descubrirte. ¿Cómo llamarías tú a eso?

La criatura, aunque fuera lentamente, ya había emprendido una retirada consciente e inequívoca pues era ella la que, ahora, sentía el temor. Temor por verse traspasada por una mirada pura, temor al ver que su alma era tan fácilmente derrotada, temor de no ser temida. Cayó en la cuenta de que su fuerza residía en generar, precisamente, ese temor y que, de no poder conseguirlo, en realidad, no era nada. Sentía como si se estuviera encogiendo por momentos y que Luna, en cambio, se expandiera cada vez más mientras irradiaba la nítida luz que albergaba en su ser. No lo pudo soportar por más tiempo. Dio la espalda a su pequeña oponente y comenzó a correr, como nunca antes había corrido, en pos de una paz de la que se sabía expulsada. Llegó, incluso, a gritar de terror mientras se alejaba presa  de su propia locura y de la constante cerrazón que había nublado su existencia.

- ¡¡No tengas miedo!! – fue el mensaje que Luna trató de hacerle llegar. - ¡¡Existen muchas formas de mostrar tu poderío!! – pero la criatura ya estaba lejos y de su presencia solo daba cuenta un vago gemido lastimero que brotaba de las profundidades de la gruta.

No tenía sentido permanecer allí por más tiempo. Los destinos de ambos seguían caminos opuestos. Así que Luna continuó por el suyo hasta llegar a un punto en el que las ruinas que había estado admirando se abrían al exterior dando paso a un estrecho desfiladero donde la luz que la inundó se teñía con el intenso verde de la frondosa foresta.


Había salido al mundo y todo se mostraba nuevo y fascinante. ¿Qué insospechados desafíos estarían aguardando más allá de donde alcanzaba su vista?

4 comentarios:

  1. Umm... me gusta esta historia....ale, enganchada estoy!!! ;-)

    Besines....espectantes..

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    Respuestas
    1. Espero no decepcionarte con las futuras entregas, estimada Shuvani. Es lo que suele pasar cuando se crean expectativas. De todas formas, decirte que, como ni yo mismo tengo muy claro a dónde nos conducirán los pasos de nuestra protagonista, al menos no dejaremos de sorprendernos.

      Un fuerte abrazo.

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  2. La evolución de esta historia me ha dejado completamente emocionada y que Tu sepas perfectamente los motivos es un verdadero lujo para mí.

    Que decirte que ya no sepas, que contarte que no conozcas, que expresar que no hayas vivido conmigo...Tan solo puedo darte las gracias y pedirte que me sigas mimando con la belleza de Tus palabras...

    Dulces sueños mi Señor
    A Tus pies

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    Respuestas
    1. No dejes nunca de abrir tu mirada a los pequeños retos, pues de ellos surgen las chispas de las grandes ideas y las soluciones más fiables a la hora de encarar nuestros problemas cotidianos.

      Vas comprendiendo el valor de todo ello y yo me enorgullezco del valor de tus avances y de la quietud que logras imponer a tus viejas angustias.

      No obstante, dulce sierva, no te confíes en exceso pues, sin duda, otras nuevas estarán acechando y esperando el momento oportuno para hacerse visibles.

      Un beso y un azote.

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