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martes, 7 de diciembre de 2010

Nicole


Entre el tempestuoso ánimo del insondable gentío,
a través de la crestas que coronan el abismo,
¿a qué has venido a este puerto?
¿por qué este abrigo y no otro?
No hay faro alguno en el cabo
y oscuras se muestran las aguas.

Ya se oyen los rompientes sin llevar a divisarlos.
Sientes la espuma blanca con su rugir lacerante,
y con cada nuevo estruendo, entre batida y reflujo,
te salpica insistente, enrojeciendo tus carnes.

Y tú, entre tanto ¿qué haces?
No huyes, no esquivas, no temes.
Con la mirada perdida, clavada en la negra distancia,
mantienes la vista fija en el sombrío horizonte.

¿A qué se debe ese empeño que te hace mostrar tan resuelta?
¿Qué irrefrenable impulso te arrastra a recalar a tan agrestes e inhóspitas costas?
Dime, pues, ¿de qué color es la llama que te absorbe y te reclama?
No hay respuesta a mi pregunta, solo viento, sombra y agua.

Sin olvido ni nostalgias.
Sin futuro, sin pasado.
Pero recuerda una cosa cuando gobiernes tu nave:
en lo peor de la inclemencia, evita la costa a sotavento.

Va por tí, Nicole.

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