De puntillas.
En la frontera del roce y la distancia, late un pulso que no quiere ser mencionado. Es llama que tiembla sin consumirse, es agua que besa la orilla y que, después, retrocede. Es el deseo un péndulo caprichoso, una frágil balanza de oro y de sombra donde un suspiro de más o de menos inclina su fiel en un sentido o en el otro. Caminamos descalzos sobre su filo, con los ojos vendados por la luz del otro. Un paso adelante quema la piel, un paso atrás congela el alma. Ahí reside, hermoso y terrible, entre el “todavía no” y el “nunca jamás”. Como el instante exacto en que la mano se detiene a un milímetro del paraíso y el corazón, cobarde o valiente, aprende a latir sin tocar. Porque el deseo perfecto no es anhelar ni tampoco poseer, sino permanecer eternamente mientras se avanza de puntillas.













