Tirantez sostenida.
Tras la carne que late y se tensa, la rigidez es ancla y es fuego. Sin esa firmeza que no cede, la atracción voluptuosa se extingue. Arco tenso, deseo erguido, que sólo en la dureza de lo que no se rinde mantiene viva la chispa que arde en ese roce que anticipa. Porque si el músculo se ablanda, o si cede, se disuelve el hechizo de la espera. Sólo la inflexible tensión del deseo aviva el pulso de esa atracción impenitente.













