Contra viento y marea.
Nuestra ciudad y sus habitantes tienden a desplegar en su forma de conducirse una dinámica un tanto peculiar y no exenta de cierto preciosismo, la de quienes no se avergüenzan de lo que son pero que tampoco se atrincheran en ese hecho como si de una fortaleza estéril se tratará. Me estoy refiriendo a una clase de actitud bastante endémica e interiorizada que combina arraigo y apertura, orgullo sereno y curiosidad viva. Aquí la gente entiende que la identidad no es una estatua de bronce que hay que defender del tiempo, sino un árbol de raíz profunda cuyas ramas pueden moverse con el viento sin que por ello deje de ser el mismo árbol. Saben que dejarse inspirar no equivale a dejarse influir. La inspiración es un diálogo libre y fecundo; miras al otro, reconoces la luz de la que es portador, y esa luz enciende algo que estaba dormido dentro de ti. La influencia, en cambio, es otra cosa; es consentir que otros apaguen nuestra luz para que la suya sea la única visible. Por eso en nues...













