Conjurados.
Conjurados, que en una existencia de amarras y códigos, abren las puertas de sus cuerpos y dejan que sea el deseo el que hable con su voz antigua y voraz. Conjurados que sirven a un fuego que no se amila, mientras transforman su carne en un altar, su piel en un lienzo y su silencio en una ofrenda. Conjurados, que al rendirse sin reservas ni tratados, hincan su rodilla ante un imperio donde entregar la razón como rehén y celebrar una gloriosa derrota. Conjurados que caminan descalzos sobre brasas que el mismo anhelo ha encendido, sin buscar la redención ni el perdón: únicamente la embriaguez de entregarse. Conjurados que habitan el reino donde el gobierna el impulso, libres de toda cadena moral, y en esa rendición absoluta ...









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