El gozo enciclopédico.
He conocido a personas que transitan por el mundo como orfebres del instante, cuyos dedos no dejan mancha cuando auscultan lo que miden, con miradas que sopesan los matices de cada sombra donde late el deseo. Recopilan el erotismo con pulcritud académica, cada suspiro archivado en su folio de seda, cada curva medida con regla de luz, cada gemido etiquetado por su tono y guardado en vitrinas de cristal fino. No saquean el placer; lo catalogan. Con paciencia de relojero, examinan, pieza a pieza la textura de unos labios cuando tiemblan, el peso exacto de una mirada que se demora, el aroma que queda en el aire tras los cuerpos han dialogado sin palabras. Son minuciosos como monjes que copian manuscritos prohibidos. Cada roce es transcrito, cada humedad, iluminada en oro, cada pausa entre latidos, anotada al margen con tinta de ámbar. Y así, sin prisa y sin mácula, reúnen un museo invisible donde el deleite no se marchita, donde el erotismo permanece ordenado, brillante, eterno...













