La danza de la luz.
Después del silencio gris del invierno, la naturaleza exhala y todo vuelve a vibrar. Los árboles se cubren de un verde tierno casi transparente, las flores estallan en colores que parecen gritar de alegría y el aire se llena de un perfume dulce y húmedo que embriaga. Es como si el mundo, tras meses de introspección, decidiera abrir las ventanas y dejar entrar la luz. Ese renacer externo despierta también algo muy profundo en el ser humano. La primavera despierta el deseo. No solo el deseo sexual propiamente dicho (que también), sino el deseo de vivir, de sentir, de conectar. El corazón se acelera sin motivo aparente. Aparecen nostalgias dulces, esperanzas vagas y una especie de melancolía alegre que no se sabe muy bien a dónde nos conduce. Los sentimientos que inspira parecen quedar impresos en alegóricas partituras que nos acompañan desde el momento en que la estación comienza a hacer de las suyas con nuestros corazones. Melodías alegres y desenfadadas que se cuelan en nuestras ...













