Ritmos, ilusiones y destellos.
La noche no es ausencia de luz, un modo de latir diferente. En ella se despliega un pulso distinto, más hondo y secreto, como un ritmo primitivo que, en nuestra ciudad; como en muchas otras; adquiere una respiración propia: semáforos que cambian sin testigos, el zumbido constante de los transformadores, el susurro de los autos que dejan al pasar sus estelas como venas de luz efímera. Todo obedece a una cadencia más lenta, casi onírica, donde el tiempo se estira y se contrae obedeciendo a las leyes de su propia relatividad. Luego vienen los destellos . No la luz plena del día, sino su recuerdo fragmentado, el parpadeo pulsante de las farolas, el brillo súbito de unos faros en la oscuridad, las estrellas que perforan el cielo como agujas de plata o el flash silencioso de un avión revelando su posición en las alturas. En las ciudades, los neones y las pantallas de los móviles crean constelaciones artificiales que flotan sobre los rostros. Incluso la oscuridad misma destella: los inc...












