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Contrayendo la distancia.

  La distancia es uno de los fenómenos más extraños y paradójicos que existen. Se puede medir en millas, en husos horarios, en el número de fronteras que separan un punto de otro. Pero a veces; no pocas veces; también se mide en otra unidad mucho más caprichosa: la del corazón. Hay momentos en que dos personas están físicamente tan cerca que podrían tocarse con tan solo extender la mano y, sin embargo, media entre ellas una distancia abismal. Una palabra no dicha, un silencio prolongado, un miedo no confesado o la mera rutina que ha ido enfriando lo que antes era puro fuego. En esos momentos, la cercanía física se vuelve casi cruel: pueden verse, olerse, respirarse… y aun así estar lejísimos. La distancia emocional puede ser infinita aunque se comparta el mismo techo. Otras veces ocurre lo contrario, y es ahí donde la relatividad de la distancia se vuelve mágica. Hay personas que están separadas por océanos, por miles de kilómetros, por diferencias de horario en las que un “buenos ...

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