Conversión.
Hay ciudades que se limitan a ser un escenario que recibe, aloja y despide. Otras, en cambio, poseen una indentidad particular, una atmósfera que no se conforma con el acto de ser contemplada. Nuestra ciudad, necesariamente, ha de quedar englobada en esa segunda categoría. Quienes recalan a ella —ya sea por azar, por una escala imprevista o por una decisión deliberada— rara vez la abandonan con el mismo mapa interior que traían consigo en el momento de llegar. No se trata de un efecto turístico ni de un reclamo publicitario. Hablamos de una esencia densa, hecha de capas superpuestas, de luz que incide de un modo particular sobre las fachadas a determinadas horas, del trazado un tanto irregular de sus calles, de ese regusto que dejan unas conversaciones que no buscan agotar ni agotarse, de ese contraste entre lo antiguo que resiste y lo nuevo que se impone sin disimulo ni vergüenza. Esa combinación no es neutral. Actúa como un solvente lento sobre las certezas que el visitan...





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