La noche encendida.
La noche en esta ciudad se desabrocha lenta, como una blusa de satén negro que ya no soporta más botones. Llega como un rumor de neón, un jadeo eléctrico que lame los cristales, un parpadeo que se deja inundar de intensos y cambiantes tonos de color que prometen todo lo que la luz del día se resiste a mencionar. Sus calles se tornan anchos y febriles canales por los que circulan deseos con motor de taxi, con tacones que golpean como latidos arrítmicos, con risas que saben a locura inminente y a promesas a penas susurradas. Hay en la noche un perfume compuesto del olor de otros cuerpos, perfume caro vertido sin mesura y humo de tabaco que ya nadie fuma y que se cuela por las rendijas de unos apetitos innombrables. Bajo esa mezcla se van asomando almas que se buscan sin conocerse: pieles que aún guardan el calor del día y ahora lo ofrecen a anónimos postores, muslos que se abren como libros prohibidos en la penumbra de apartados rincones, bocas que se encuentran y se mi...













