Sentires silvestres.
En la penumbra tibia de la tierra que despierta, los cuerpos se inclinan como ramas ante un viento primigenio, rendidos al pulso que late bajo la piel; orden salvaje, antiguo, sin máscaras ni engaño. Humedad y aliento se funden en danza instintiva, manos que buscan el mapa secreto de la otra orilla, donde el deseo se despliega sin recurrir a la excusa, naciendo de dentro, del fuego impreso que configura las forma. No hay teatro en el gemido que rasga la noche, ni fingimiento en la curva que se arquea hacia el abismo; son las verdades del lobo y la luna, de la raíz y la tormenta, sentimientos que brotan como manantial vigoroso y puro. Se rinden las caderas al ritmo que dicta el impulso, labios que beben la sal de la piel verdadera, mientras el corazón, desnudo y sin nombre, late en el centro de un mundo salvaje y sincero. Aquí no habitan mentiras ni velos de seda fría, sólo el fuego que une dos hambres eternas, la pasión que obedece al más antiguo mandato, el instinto que grita: “...













