Gran angular.

 


A través de unos ojos que te observan expectante,

eres la curva que se ofrece sin pedir permiso,

piel que promete el roce antes del roce,

mapa de temblores esbozado por la lujuria.


Te leo como quien descifra braille con los dedos.

Cada poro es un signo, cada suspiro una palabra

que se alarga hasta volverse gemido

y se silencia entrecortada.


Desde la nuca que no ve venir ese beso,

el deseo es gravedad invertida,

todo sube hacia la boca que desciende

mientras tú espalda se arquea como un puente

que alguien dejó a medio construir.


Allí donde tu valle se ensancha,

comienza una súplica muda

para que mi mano baje un poco más,

solo un poco más,

hasta alcanzar ese reducto innombrable

de calidez y tempestades.


Desde la entrepierna que espera,

el tiempo se vuelve espeso,

cada segundo un latido eterno

que apenas puede contenerse

a sabiendas del desenlace.


No hay delicadeza posible,

sólo urgencia animal,

sólo la certeza húmeda

de que no bastan las caricias,

de que la inherencia introductoria

pase a ser introducida.


Y después, cuando los cuerpos

ya no saben a quién pertenecen,

la perspectiva cambia otra vez.

Eres territorio conocido y extranjero al mismo tiempo,

sudor rezumando en los poros,

aliento que aún tiembla en el cuello,

huellas que mañana serán la prueba 

del poema que escribimos,

de que existimos con ferocidad

cuando decidimos desnudarnos del todo

y del todo entregarnos al instante

que no atiende ni al perdón, ni al permiso, ni al mañana.


Porque, al final, el deseo

no entiende de perspectivas.

Sólo sabe que quiere ser contemplado,

palpado, devorado y recordado

desde todos los ángulos posibles,

desde todos... al mismo tiempo.

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