De puntillas.
En la frontera del roce y la distancia,
late un pulso que no quiere ser mencionado.
Es llama que tiembla sin consumirse,
es agua que besa la orilla y que, después, retrocede.
Es el deseo un péndulo caprichoso,
una frágil balanza de oro y de sombra
donde un suspiro de más o de menos
inclina su fiel en un sentido o en otro.
Caminamos descalzos sobre su filo,
con los ojos vendados por la luz del otro.
Un paso adelante quema la piel,
un paso atrás congela el alma.
Ahí reside, hermoso y terrible,
entre el “todavía no” y el “nunca jamás”.
Como el instante exacto en que la mano
se detiene a un milímetro del paraíso
y el corazón, cobarde o valiente,
aprende a latir sin tocar.
Porque el deseo perfecto
no es anhelar ni tampoco poseer,
sino permanecer eternamente
mientras se avanza de puntillas.




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