Contrayendo la distancia.

 

La distancia es uno de los fenómenos más extraños y paradójicos que existen. Se puede medir en kilómetros, en husos horarios, en el número de fronteras que separan un punto de otro. Pero a veces; no pocas veces; también se mide en otra unidad mucho más caprichosa: la del corazón.

Hay momentos en que, dos personas están físicamente tan cerca que podrían tocarse con tan solo extender la mano y, sin embargo, sienten una distancia abismal. Una palabra no dicha, un silencio prolongado, un miedo no confesado o una rutina que ha ido enfriando lo que antes era puro fuego. En esos momentos, la cercanía física se vuelve casi cruel: pueden verse, olerse, respirarse… y aun así estar lejísimos. La distancia emocional puede ser infinita aunque se comparta el mismo techo.

Otras veces ocurre lo contrario, y es ahí donde la relatividad de la distancia se vuelve mágica. Hay personas que están separadas por océanos, por miles de kilómetros, por diferencias de horario que un “buenos días” se traduce en un “buenas noches” y que, sin embargo, se sienten increíblemente cerca. Una frase en un mensaje, una voz grabada, una foto compartida en el momento exacto, basta para acortar esa distancia hasta hacerla insignificante. En esos casos, el espacio físico se vuelve casi ilusorio. El tiempo y el espacio se curvan cuando se ha de tener en cuenta al amor como fuerza gravitatoria.

La distancia más corta entre dos personas que se quieren no depende de la geografía, sino de la intención, de la atención y de la voluntad de seguir eligiendo al otro aunque el mundo conspire para separarlos. Es relativa porque cambia según el estado del alma; en algunos casos mil kilómetros parecen nada y, en otros, un solo centímetro pueden suponer un abismo.

Al final, las personas que verdaderamente se quieren terminan habitando el mismo lugar, aunque sus cuerpos estén lejos. Ese lugar no tiene coordenadas en ningún mapa. Se llama “nosotros”. Y allí, la distancia simplemente deja de existir porque, cuando dos personas se quieren de verdad, siempre encuentran la manera de acortar la única distancia que importa: la que separa un corazón del otro. Esa, curiosamente, es la más difícil de medir… y la más fácil de cruzar cuando existe la voluntad de hacerlo.

En ese sentido, esta ciudad suele prestarse de buen grado a convertirse en atinado punto de encuentro donde poner disolver los efectos más nocivos que tendemos a asociar con la distancia; ya sea esta física o emocional; y brindar un adecuado telón de fondo en el que escenificar ese tipo de reencuentros tan anhelados como sólidamente construidos. Además, por si esto no fuera suficiente, tampoco suele rehuir la oportunidad de dar la bienvenida a quienes protagonizan esa suerte de reaproximaciones mediante un surtido catálogo de melodías oportunamente escogidas a tal efecto.

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Esta podría constituir un buen ejemplo.

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