Presiones medidas.


En la penumbra de unos dedos que aprietan con convicción y dulzura,
se rozan los cuerpos como brisa repentina.
No son cadena, son hilos de seda que invita,
mapa trazado con mano firme
que guían mientras empuja.

Susurran al borde del oído secretos
que solo florecen cuando el cuerpo se abre
como flor nocturna, hambrienta de rocío.

Presión de labios sobre el carne,
leve, insistente, como página que se vuelve
y revela el verso prohibido.

Presión que dibuja constelaciones
bajo la curva del vientre,
enseñando el camino hacia placeres
que muchos omiten pronunciar.

Sabiduría antigua vestida de caricia,
arte de rendirse sin perderse,
de ceder sin quebrarse.

Cada impulso es una llave
que gira despacio en cerraduras ocultas,
y detrás aparece el jardín
donde el goce madura lento,
dulce hasta el delirio.

No mandan, seducen.
No obligan, desvelan.
Y uno aprende, temblando de gratitud,
que las presiones más profundas
son aquellas que apenas se sienten
hasta que todo el ser se ilumina
mientras pide más en silencio.

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