Ritmos, ilusiones y destellos.
La noche no es ausencia de luz, un modo de latir diferente. En ella se despliega un pulso distinto, más hondo y secreto, como un ritmo primitivo que, en nuestra ciudad; como en muchas otras; adquiere una respiración propia: semáforos que cambian sin testigos, el zumbido constante de los transformadores, el susurro de los autos que dejan al pasar sus estelas como venas de luz efímera. Todo obedece a una cadencia más lenta, casi onírica, donde el tiempo se estira y se contrae obedeciendo a las leyes de su propia relatividad.
Luego vienen los destellos. No la luz plena del día, sino su recuerdo fragmentado, el parpadeo pulsante de las farolas, el brillo súbito de unos faros en la oscuridad, las estrellas que perforan el cielo como agujas de plata o el flash silencioso de un avión revelando su posición en las alturas. En las ciudades, los neones y las pantallas de los móviles crean constelaciones artificiales que flotan sobre los rostros. Incluso la oscuridad misma destella: los incandescentes extremos de los cigarrillos, el reflejo de la luna en un charco, el verde químico de las luciérnagas retozando entre los arbustos de los parques. Son señales breves, promesas de que algo vivo persiste.
Y entonces, las ilusiones, hijas naturales de esa penumbra, disuelven los contornos y multiplica los fantasmas. Una sombra se convierte en una figura reconocible, un ruido en una voz, un movimiento en la periferia del ojo en una presencia. En ellas habitan los recuerdos que regresan sin ser llamados, los deseos que sólo se atreven a susurrar cuando nadie mira, los miedos que toman una forma concreta. La mente, liberada de la tiranía de la claridad, teje y desteje realidades, amores que parecían imposibles, terrores que se tornan inevitables, versiones de nosotros mismos que sólo existen entre las dos y las cuatro de la madrugada.
Noche, en suma, que se acaba convirtiendo en un teatro donde los ritmos marcan el compás, los destellos son los focos intermitentes y las ilusiones los verdaderos actores. Quien se adentra en ella no sale indemne: regresa con el pulso cambiado, los ojos llenos de pequeñas luces y el alma ligeramente más permeable a lo imposible; impregnada, en ocasiones...,
👇🎶... por sonidos como este.
Luego vienen los destellos. No la luz plena del día, sino su recuerdo fragmentado, el parpadeo pulsante de las farolas, el brillo súbito de unos faros en la oscuridad, las estrellas que perforan el cielo como agujas de plata o el flash silencioso de un avión revelando su posición en las alturas. En las ciudades, los neones y las pantallas de los móviles crean constelaciones artificiales que flotan sobre los rostros. Incluso la oscuridad misma destella: los incandescentes extremos de los cigarrillos, el reflejo de la luna en un charco, el verde químico de las luciérnagas retozando entre los arbustos de los parques. Son señales breves, promesas de que algo vivo persiste.
Y entonces, las ilusiones, hijas naturales de esa penumbra, disuelven los contornos y multiplica los fantasmas. Una sombra se convierte en una figura reconocible, un ruido en una voz, un movimiento en la periferia del ojo en una presencia. En ellas habitan los recuerdos que regresan sin ser llamados, los deseos que sólo se atreven a susurrar cuando nadie mira, los miedos que toman una forma concreta. La mente, liberada de la tiranía de la claridad, teje y desteje realidades, amores que parecían imposibles, terrores que se tornan inevitables, versiones de nosotros mismos que sólo existen entre las dos y las cuatro de la madrugada.
Noche, en suma, que se acaba convirtiendo en un teatro donde los ritmos marcan el compás, los destellos son los focos intermitentes y las ilusiones los verdaderos actores. Quien se adentra en ella no sale indemne: regresa con el pulso cambiado, los ojos llenos de pequeñas luces y el alma ligeramente más permeable a lo imposible; impregnada, en ocasiones...,
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