Incombustibles.
No creo que a estas alturas os sorprenda saber que determinada pasiones consumen esta ciudad con una intensidad casi destructiva. No se trata de simples emociones; son fuegos que se apoderan del alma como un incendio incontrolado. Brillan con una luz cegadora y elevan la temperatura de los cuerpos hasta llevarlos a alcanzar su punto de ebullición.
En su origen, ese tipo de pasión lleva impresa la marca de lo divino y de lo demoníaco. Desde bien antiguo ha estado asociada con los dioses y sus caprichosos designios; con ese fuego que insuflan sobre nosotros, pobres mortales, para dotarnos de cierta vitalidad y a veces, también, para tentarnos y ponernos a prueba pues..., quienes se entregan sin medida a una pasión tan ardiente, tienden a estar dispuestos a pagar el precio más alto.
Sin embargo, no todo ha de ser una pérdida. El fuego purifica tanto como destruye. Pasado y presente coinciden al abordar esa tensión ambigua y eternamente irresoluble. Se ha de temer al fuego que puede llegar a consumirnos borrando cualquier rastro de nuestro paso, pero también hay que huir de una vida tan “segura” que, por fría, no merezca la pena ser vivida.
Lo ideal no es renunciar a la pasión; que es como resignarse a morir en vida; ni tampoco dejarse reducir a cenizas sin sentido. El truco está en aprender a arder de manera controlada, como si fuéramos una especie de diligentes alquimistas que se afanan en no sobrepasar el límite que admite la materia que pretenden trasmutar.
Aunque, en última instancia, consumirse en una pasión fogosa también puede llegar a convertirse en una forma de sacrificio. Se entrega una parte de la vida a cambio de un instante de plenitud absoluta, de belleza abrasadora o certeza incuestionable. Algunos lo llaman locura. Otros, la única forma digna de haber vivido.
Por eso, el verdadero arte de saber lidiar con la llama no consiste en evitar el fuego, sino en saber cómo arder sin desaparecer del todo… o, contadas ocasiones, en aceptar, con lucidez trágica, que a veces arrojarse sobre esa pira puede llegar a convertirse en la forma más hermosa de existencia. Hay quienes, incluso, componen loas a esa clase de vivencias creyéndose incombustibles.
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