Propiciadora.
En la penumbra de un sentir desbocado,
me entregarás tu carne como ofrenda viva,
salvaje, sin objeciones, sin medida.
Tus labios se abrirán en un suspiro que invita,
mientras tus caderas danzarán al ritmo
de un hambre antigua, de un fuego eterno,
como ninfa encelada, como río desbordado
que excede los diques y se desparrama por entero
sobre mi piel calida y posesiva.
Manos que arañan, uñas que marcan surcos
de placer doloroso y dulce renuncia.
Pechos que se alzan, erectos y ansiosos,
buscando mi boca, mi lengua voraz.
No hay pudor, no hay un después,
sólo ese instante perfecto donde tu cuerpo
será ofrenda y altar al mismo tiempo;
donde te rendirás incondicional y sin prudencias
mientras me invitas a hundirme
en la humeda profundidad con que me obsequias,
a saquearte, a tomarme, a devorarte entera.
Mia en cada embestida que te parte,
en cada gemido arrancado a tu garganta;
crispada como serpiente entre las llamas,
que se arquea, se retuerce y se deshace en mí.
Tú alma desnuda gritará mi nombre
cuando el abandono te envuelva,
salvaje, incontrolable y absoluto.
Y cuando caigas rendida, temblando aún,
con mi esencia latiendo dentro de tí,
susurrarás en la oscuridad:
“Vuelve a tomarme amor mio…
y hazlo sin piedad, hazlo sin reservas.”




Comentarios
Publicar un comentario