Sin red.

 


Te deslizas sobre el alambre con el corazón en un puño,
el viento te susurra que no debes temer al vacío.
Tus ojos son un foco sobrecogido ante el abismo,
un paso más y sientes cómo te recorre un escalofrío.

Te tiemblan las rodillas, pero sigues caminando,
el deseo es un clamor que asciende desde abajo.
Sabes que si te sueltas nada frenará tu caida,
mientras tu cuerpo maniobra para lanzarse en picado.

Cada beso es un salto mortal en el aire,
cada caricia un giro que desafía la gravedad.
La razón te grita “basta”, pero prefieres ignorarla,
el corazón late loco, borracho de libertad. 

Siempre existirá el riesgo de perder el equilibrio,
y que este amor tan osado nos provoque cicatrices.
Pero hoy sólo existe el vértigo que nos une,
y ese riesgo fascinante ajeno a las directrices.

Y aunque el suelo se acerque demasiado rápido,
sonries porque al final valió la pena,
y prefieres mil caídas a tener que avanzar a tientas,
dando el todo por el todo sin quedarte nunca a medias.

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