Convergencias fugaces.
Hay confluencias que nacen sabiendo que no van a poder desplegarse del todo, que se quedan a medio camino entre la intención y la piel, como flotando en un limbo de límites difusos.
Son caricias que se detienen justo en el momento en que empiezan a esbozar su verdadero sentido,
alientos que se aproximan sin llegar nunca a fundirse,
miradas que van mucho más allá de lo que las manos se atreven a tocar.
Su existencia cabe en un suspiro, en un roce de nudillos que se finge distraido,
en un pulgar que barre apenas la mejilla al apartar un mechón,
en el abrazo que se alarga tres segundos de más porque sabe que después no vendrá nada.
Y sin embargo, esa misma limitación, esa suerte de racionalidad contranatura,
esas efímeras aproximaciones, se vuelven enormes en la memoria.
Se agrandan en la ausencia.
Se convierten en el lugar exacto donde el deseo se hizo más nítido
porque no dispuso de tiempo ni de espacio para desgastarse.
Podría caerse en la tentación de pensar que las caricias más intensasno son las que recorren todo el cuerpo,
sino las que se quedaron temblando en el umbral,
sabiendo que no podían cruzar y, aun así, se asomaron brevemente con toda su pobre y hermosa valentía.
Son caricias que se detienen justo en el momento en que empiezan a esbozar su verdadero sentido,
alientos que se aproximan sin llegar nunca a fundirse,
miradas que van mucho más allá de lo que las manos se atreven a tocar.
Su existencia cabe en un suspiro, en un roce de nudillos que se finge distraido,
en un pulgar que barre apenas la mejilla al apartar un mechón,
en el abrazo que se alarga tres segundos de más porque sabe que después no vendrá nada.
Y sin embargo, esa misma limitación, esa suerte de racionalidad contranatura,
esas efímeras aproximaciones, se vuelven enormes en la memoria.
Se agrandan en la ausencia.
Se convierten en el lugar exacto donde el deseo se hizo más nítido
porque no dispuso de tiempo ni de espacio para desgastarse.
Podría caerse en la tentación de pensar que las caricias más intensasno son las que recorren todo el cuerpo,
sino las que se quedaron temblando en el umbral,
sabiendo que no podían cruzar y, aun así, se asomaron brevemente con toda su pobre y hermosa valentía.




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