El mandato de mi carne.
En la penumbra aguardo a tu señal,
un escalofrío disfrazado de religión.
Tu boca es una herida abierta
y yo me sumerjo en ella.
Tras cada suspiro se esconde una pequeña traición,
tras cada roce se reescribe mi nombre.
No soy inocente, no me avergüenzo,
tan sólo aspiro a saciar mi hambre.
Es el mandato de mi carne:
fundirnos a este hilo incandescente
y dejar que la electricidad nos recorra
hasta incendiar la noche.
Ninguna confesión podrá salvarnos ahora,
ninguna plegaria hará que esto se detenga.
Es el mandato de mi carne:
que vuelva a suceder... una y otra vez...
... y otra vez, y otra vez
... y otra vez, y otra vez
... y otra vez, y otra vez
Tus dedos trazan mapas sobre mis renuncias,
cada línea, una carretera al desastre
mientras saboreo el pecado que ocultas,
mi más dulce absolución.
Hablamos en códigos de piel y contienda
donde ninguna palabra sobrevive a la caída
cuando el silencio grita más fuerte,
cuando tu cuerpo responde a mi llamada.
Es el mandato de mi carne:
fundirnos a este hilo incandescente
y dejar que la electricidad nos recorra
hasta incendiar la noche.
Ninguna confesión podrá salvarnos ahora,
ninguna plegaria hará que esto se detenga.
Es el mandato de mi carne:
que vuelva a suceder... una y otra vez.
Desnúdame hasta convertirme en un animal
mientras dejas salir a la bestia que llevas dentro.
Me encadenaré a tu doctrina
si prometes no esconderte.
Es el mandato de mi carne:
venerar este fuego que encendimos.
Ningún cielo nos aguarda, ningún infierno más distante
que el breve trecho que medida entre tú corazón y el mio.
Es el mandato de mi carne:
fundirnos hasta quedarnos a ciegas.




Comentarios
Publicar un comentario