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viernes, 10 de diciembre de 2010

savoir faire


Como ya he comentado en algún otro post, no es mi intención sentar ninguna doctrina ni alzarme sobre los demás como si fuera poseedor de una razón única y excluyente. Mi visión personal sobre la dominación será idéntica, en muchos aspectos, a la de todos vosotros, pero en otros, en cambio, será completamente diferente. Dicho esto, quisiera dejar constancia aquí de cual es mi forma de entender una parte concreta del amplio expectro de posibilidades que puede cubrir una relación D/s. Parto de la base de que mis gustos e inquietudes condicionan; como no podría ser de otro modo; mi forma de entender también todas las cuestiones enmarcadas dentro de un ámbito puramente bdsm y, siendo como soy un enamorado de la historia, verme influido por ciertos valores y comportamientos que, para nada, podrían calificarse de novedosos, no debe sorprender a nadie.

Entiendo que pueda haber muchas personas a las que, lo que os voy a decir, les parecerá un tanto “chorras” pero, ¿qué le voy a hacer? Soy así de “rarito”.

Siempre que me preguntan qué cualidades debe tener para mí una sumisa la primera virtud que enumero siempre es la sinceridad y la segunda la inteligencia. De aquello relacionado con el hecho de mostrarse honesto con los demás ya he hablado en otro sitio, pero, sobre el siguiente tema, todavía no me había pronunciado.

Quiero aclarar que, cuando me refiero a inteligencia, no estoy haciendo hincapié en una superlativa acumulación de conocimientos académicos si no, más bien, a esa cualidad del ser humano de conservar la curiosidad y el interés por ampliar los horizontes del conocimiento.

Siempre cabe la posibilidad de que surjan conflictos entre dos o más individuos pero, cuando las partes enfrentadas pueden presumir de contar con una mente abierta siempre se podrá llegar a un entendimiento. Cuando, en cambio, se da la circunstancia de toparse con alguien engreído y arrogante todo se tuerce, y es que no hay peor persona que un ignorante que se vanaglorie de serlo. Con gente así, es imposible llegar a acuerdos que vayan más allá de sus propios intereses puntuales ya que, constantemente abrigarán la sospecha de que se les está tratando de engañar o haciendo de menos y, su propia inseguridad, no hará otra cosa que incrementar su recelo.

¿Por qué digo esto y…, a qué ha venido mi anterior referencia a hechos de épocas pasadas? Sirvan dos ejemplos.


En la Francia de entre los siglos XV y XVIII se dio la circunstancia de que varias mujeres pasaron a la historia por sus estrechas y voluptuosas relaciones con algunos de los más destacados monarcas galos. Tales fueron los casos de Agnes Sorel con Carlos VII,  Louise de la Vallière con Luís XIV o Jeanne Antoinette Poisson, más conocida como la Marquesa de Pompadour (sobre estas líneas) con Luís XV. Todas ellas fueron las amantes de estos reyes pero, no hay que equivocarse, no se trataba de unas cortesanas al uso. Todas ellas  contaban con el estatus de amante titular (maîtresse en titre) y se trataba de un cargo oficial que incluía una importante renta y un papel muy destacado en la corte. Pero la belleza, siendo importante, no era el único requerimiento que se les hacía a estas damas. También se les exigía un cierto savoir faire. Casi todas fueron mujeres muy cultas, grandes mecenas de las artes y muy unidas a la élite intelectual de su tiempo. Madame du Barry, por solo citar a una de ellas, se carteaba frecuentemente con Voltaire. ¿Se trataba de unas jóvenes inmorales, ambiciosas, y sedientas de poder? o, en cambio ¿eran un producto de la época que, aprovechando su ascenso en el escalafón social (fortuito o no), lejos endiosarse, buscaron un modo de compartir con otros las ventajas que les otorgaba su providencial destino? Además. Entonces, como ahora, no escaseaban las muchachas con una cara bonita y un cuerpo apetecible. ¿Por qué se buscaban esas otras cualidades añadidas si tan solo se trataba de satisfacer el deseo carnal? ¿O es qué no se trataba solo de eso? Lo dejo ahí. Ahora quiero remontarme un poco más atrás en el tiempo.

A la Atenas democrática surgida tras las guerras médicas llegó, allá por el 450 a.C. procedente de Mileto, una muchacha llamada Aspasia. El destino que esperaba a la mayoría de las mujeres en la más poderosa polis del momento era el de casarse vivir y prácticamente recluidas en el gineceo de la casa de sus maridos. Aspasia no había elegido ese camino. Si su recuerdo ha llegado a nuestros días ha sido porque se convirtió en una hetaira (que podrían definirse como las precursoras de las cortesanas más modernas) y acabó unida al insigne Pericles. Pero no es este el hecho que quiero subrayar de su historia.  Las hetairas como ella, contaban con una libertad de acción y pensamiento que difícilmente se podrían imaginar el resto de las mujeres. Vivian en pie de igualdad con los hombres e, incluso, algunos de los más grandes pensadores de la era clásica buscaban su compañía, no ya por la belleza de sus cuerpos, si no por la brillantez de sus mentes. También fueron atacadas y menospreciadas por un buen numero de celosos adversarios que veían en ellas una amenaza y en eso, por desgracia, no parece que hayamos avanzado mucho. Pese todo, Aspasia llego a contar con un gran reconocimiento con respecto a sus cualidades como maestra retórica y autores como Platón, Plutarco o Cicerón ensalzaron su talento.


Bueno, y todo esto ¿a cuento de qué?, os preguntareis. Pues muy sencillo. Para mí, una sumisa ha de ser atenta, complaciente y servicial (hasta aquí todos de acuerdo), pero también necesito que despierte mi interés en un plano distinto al meramente sexual. No busco una hoja en blanco sobre la que pueda dejar, únicamente, la impronta de mis deseos si no que, además, busco conocer a fondo el criterio y los pensamientos de esa otra parte sin la que sería imposible establecer un vínculo.

Eso me lleva a plantear otra cuestión. Para consolidar el lazo que se establece entre Amo y sumisa (o entre Ama y sumiso, lo mismo da), se me antoja necesaria una evolución paralela de ambos donde el componente dominante se ha de esforzar, no solo en instruir y aportar nuevos conocimientos, si no, al mismo tiempo, descubrir y potenciar las capacidades sumisas del otro. Cuando esto sucede, ambos se enriquecen a la vez y la relación se vuelve más plena y profunda. De cómo se desarrolle todo esto dependerá de cada persona y, por ese motivo, no creo en fórmulas mágicas que se puedan aplicar alegremente a todo el mundo.

Seguro que todos aquellos que, en algún momento, hayan podido alcanzar ese grado de comunión al que me estoy refiriendo comprenderán perfectamente a lo que estoy tratando de aludir con lo de “savoir faire”.

Un saludo a todos.

1 comentario:

  1. Buenos dias...sabes que tengo poca experiencia o ninguna....mas de una vez comento que soy novata, pero no entiendo a los dominantes que pretenden anular a la sumisa, para imponer en ellas su criterio...Esp que dices "el componente dominante se ha de esforzar, no solo en instruir y aportar nuevos conocimientos, si no, al mismo tiempo, descubrir y potenciar las capacidades sumisas del otro"...ufff...

    No lo hubiese podido definir mejor....gracias!.

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