Embajadas

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martes, 29 de noviembre de 2011

¡¡CAUTION!!



La fauna que puebla este microcosmos que conforma todo lo relacionado con el bdsm suele resultar (a pesar de lo que pudiera pensarse en función a su aparente marginalidad) de lo más variada y singular. No dejará de haber quien se encuentre en disposición de afirmar que muchos de esos especimenes no resultan exclusivos del ámbito D/s; lo cual  es muy cierto; y que el hecho de poder encontrarnos con ellos en cualquier circunstancia de muestra común existencia resulta más que probable.

Quien más, quien menos, a todos nos ha tocado lidiar en algún momento con individuos de escasos escrúpulos y, más bien, oscuras intenciones, por lo que a más de uno, lo que voy a exponer a continuación, le sonará bastante.

 Entre la multitud de foros que existen sobre la temática que aquí suele tratarse, se suele debatir con cierta frecuencia el abuso que ciertos dominantes, en su condición de tal, suelen ejercer amparándose en la incuestionable obediencia que, se supone, les debe ser ofrecida. Yo diría que, en muchos de esos casos, si escarbáramos un poco, nos encontraríamos con que se trata de personas que de “dominante” solo tienen el nombre. Ahora bien. De lo que no se suele hablar tanto es de lo que viene a suponer; justamente; el caso contrario. Me explico, de aquellas sumisas (o sumisos) cuyas verdaderas motivaciones se alejan bastante de lo que viene a ser una sincera y meditada voluntad de someterse.

Con mayor frecuencia de la que sería deseable, suele suceder que aquellos que dicen entregarse a un/una dominante entran en una dinámica que, para mi, nada tiene que ver con la sumisión. Lo que en un principio se “disfraza” de sometimiento y adhesión incondicional, no tarde en trasformarse en lo que en realidad es: una continuada y cansina sucesión de reproches, excusas y desaires. Asistimos entontes, no ya a un estancamiento en la afirmación del vinculo entre dominate y sometido si no, más bien, a un retroceso de consecuencias bien predecibles. Viene a ser como si al Am@ en cuestión se le estuviera diciendo…, por un lado: “Quiero entregarme” y por el otro: “Si no actúas como yo quiero…, te lo haré pagar”. Y es que ahí reside lo más penoso de toda esta cuestión. ¿Qué metas se esperan alcanzar con esa aptitud? ¿Qué tipo de sumisión es esa? Y…, lo más importante, ¿se le puede llamar a eso sumisión? Porque…, y esto es lo peor, cuando este tipo de personas no ven colmadas sus exigencias, si todo lo demás falla, no dudan ni por un instante en dejar en evidencia a sus mentores mediante el uso de cualquier tipo de pretexto. ¿No sería mejor pasar página de un modo civilizado y dejarse de batallas, tan inútiles como cruentas, por obtener de alguien lo que se sabe que no está dispuesto a dar?

He de decir que, cuando esto sucede, también los dominantes tenemos buena parte de la culpa. Y sí, es verdad. Somos culpables por no saber imponernos (sin estridencias ni malos modos) con firmeza, por no dejar claro cuales son nuestras condiciones y por no poner fin a una historia que; muchas veces; sabemos que no tiene futuro. Hay personas muy hábiles a la hora de aprovechar esas debilidades pero, si lo hacen, es porque las dejamos.

Siempre he dicho que, desde un principio, las cosas deben dejarse claras y si a las primeras de cambio ya empezamos con excepciones…, entonces, mal vamos. Los actos de nuestros sometid@s reflejan la calidad de nuestras enseñanzas y, cuando no se muestran dign@s de ellas, no debemos sentirnos obligados a compartirlas. A veces parece como si los dominantes tuviéramos que estar rindiendo cuentas en todo momento y fuéramos los únicos con la obligación de poner de nuestra parte, como si fuéramos una especie de sommeliers ambulantes de sado a la carta. ¿Pues sabéis qué? Entiendo y respeto que una sumisa me pueda decir: “Quiero que me hagas esto y lo otro, que lo hagas de esta forma, en este sitio y durante este tiempo” siempre y cuando, eso sí, ella entienda y respete que yo le diga: “Ok, a tanto la hora”. Mejor eso que implicarme con alguien que pretenda engatusarme para después darme una puñalada por la espalda.


Aunque eso, como siempre, solo es mi opinión.

Un saludo a todo el mundo.


lunes, 28 de noviembre de 2011

Libre.


Si no tienes la libertad interior, ¿qué otra libertad esperas poder tener?

Arturo Graf. (Escritor italiano.)


sábado, 26 de noviembre de 2011

¿Una historia de violencia?



El 14 de diciembre de 2006 Rafael de Luís Villacorta tenía 89, María Josefa Ronderos 80. Llevaban viviendo juntos 45 años, con sus ilusiones, sus problemas, sus sacrificios. Aquel día Rafael puso fin a la vida de su esposa en el domicilio que compartían en la calle Fernando Vela de Oviedo y, después, se suicidó.

María pasó a engrosar la lista de mujeres víctimas de la violencia de género, Rafael esa otra donde aparecen los maltratadotes.

Pero su historia no estaría completa si dejáramos de mencionar algunos detalles que los medios, en su implacable búsqueda de audiencia, y las estadísticas con su impersonal rigidez, “olvidaron” mencionar.

Josefa era enferma de Alzheimer en su estadio más elevado; Rafael, a pesar de su avanzada edad, se desvivía por ella (la alimentaba, la aseaba e, incluso la llevaba a la peluquería en alguna ocasión). Pero él también estaba enfermo, se encontraba en una de las últimas fases de un cáncer de próstata que, a buen seguro, no tardaría en llevárselo a la tumba. Sabía lo que les esperaba a ambos y tomo la más difícil decisión.

¿Violencia de género?

Ahí os lo dejo.


viernes, 25 de noviembre de 2011

El valor del tiempo.



La vida es algo que te sucede mientras haces otros planes.

Margaret Millar. (Escritora norteamericana.)


sábado, 19 de noviembre de 2011

¡¡¡MUCHISIMAS GRACIAS!!!



Hoy se cumple un añito desde que esta ciudad iniciara su andadura y, aunque resulte un tanto predecible, no puedo evitar volver la vista atrás y dedicar algo de tiempo a recordar sus orígenes.

Lo cierto es que, cuando fue colocada la primera piedra de aquel proyecto de urbe, nada me hacia presagiar la expansión que en tan poco tiempo iba a experimentar. No creía que las palabras de este humilde pregonero fueran a tener el eco que a la postre han tenido, aunque…, no lo voy a negar, si que espera ir contando con algún que otro visitante que, de cuando en cuando, se dejara caer por estos lares y aguijoneara con sus pensamientos mi visión de las cosas. A cambio, yo solo ofrecía eso, el enfoque a través del cual se rige mi mente.

Si algo he intentado con ahínco durante estos meses ha sido el hecho de mantenerme fiel a mirada que (para bien o para mal) me caracteriza. Creo que eso lo he conseguido pero es que, además, todas y cada una de las personas que os habéis tomado la molestia de volcar vuestras opiniones aquí, le habéis dado un toque de color a este entorno que yo no hubiera sabido proporcionarle jamás. Por esa razón quiero daros las gracias a tod@s.

Gracias por seguirme, por descubrirme nuevos retos, por aguantar mis comeduras de cabeza y mis súbitos gruñidos. Gracias a los comentáis, a los que me leéis y a los que, simplemente, os asomáis por aquí de vez en cuando. Gracias de todo corazón porque hacéis grande este sitio y le dais un aliento que de otra forma no tendría. Una y mil veces gracias.

Pero ahora, y me vais a perdonar, voy a hacer una mención especial a alguien que, desde muy al principio, se ha venido ha instalar en lo que, por entonces, era un solar perdido en la inmensidad. Alguien que me ha servido de aliento e inspiración y que se ha ido convirtiendo en la más fiel, atenta y devota defensora del ideario que en estas tierras prevalece.

Me refiero, muchos ya lo habréis imaginado, a dana.


Gracias mi dulce dana por todo. Por todo cuanto das conscientemente y más aún por aquello que ofreces sin ni siquiera proponértelo.

T´estimo.


martes, 15 de noviembre de 2011

Ruido.



Voces de apariencia erudita,
trampas ocultas tras una sonrisa,
lamentos que buscan atraparte.

Quejas con origen fingido,
pretextos carentes de sentido,
tesón que no lleva a ninguna parte.

Argumentos para cubrir un error,
desvaríos con que eludir un temor,
disimulos que no pueden disfrazarse.

Zancadillas que no son sin querer,
compromisos que se van a perder,
cortinas de humo entre las que disiparse.

Todo es ruido que se cuela,
que invade y llena el entorno,
tan común en todo el mundo,
como inútil en su fondo.


lunes, 14 de noviembre de 2011

sábado, 12 de noviembre de 2011

Vértigo.



Muchas son las circunstancias en las que una determinada situación (o una persona en concreto) pueden producir en nosotros una sensación similar a la ansiedad, aunque con unas connotaciones bastante diferentes. Viene a ser algo parecido a una fuerza que tiende a impulsarnos en una determinada dirección; muchas veces a una velocidad vertiginosa, sin que nosotros podamos hacer nada para evitarlo.

Intuyo que todos los que nos aproximamos a este mundo lo hacemos (en mayor o menor medida) imbuidos, precisamente, por una fuerza de ese tipo. No sé si en el caso de los demás sucederá lo mismo, pero, en el mío, mi forma de entender así como el hecho de vivir todo lo relacionado con la D/s no es tanto una elección, si no, más bien, una suerte de aptitud predeterminada a la que, en cierta forma, es como si me hubiera visto abocado. Suena un poco raro, lo sé, y más teniendo en cuenta que no soy una persona muy dada a creer en la existencia de un destino escrito de antemano. Lo que sí tiendo a intuir es que todos contamos con una serie de inclinaciones que nos impulsan a iniciar una búsqueda cuyo objetivo variará en función a cada individuo.

Cuando esa búsqueda se ciñe al terreno del bdsm, podría decirse (ya sé que aquí estoy aventurando en exceso) que, esa inclinación de la que hablaba, se presenta con una fuerza inusitada. Ya sea mientras buscamos nuestro sitio, cuando al fin lo encontramos o cuando nos sentimos firmemente asentados en él, siempre nos acompaña una cierta sensación de arrebato que escapa a nuestro control. Da igual el rol que llevemos dentro, ese sentimiento parece (más que ningún otro) nuestra verdadera seña de identidad.

Si siguiéramos ahondando en esta cuestión, veríamos que, a partir de ahí, es cuando comenzarían a aflorar las diferencias, en el modo en que cada cual gestiona toda esa amalgama, desmesurada e informe, de influjos, muchas veces, contradictorios.

Habrá quien pueda sentirse desbordado, incrédulo ante su propio sentir, asqueado y receloso consigo mismo. Igualmente, puede darse el caso de quienes, aún aceptándose tal y como son, se sientan, a pesar de todo, desorientados o temerosos de precipitarse en un abismo insondable del que difícilmente podrían emerger. Y también (por no aburriros poniendo más ejemplos) podemos encontrarnos con personas que abracen la causa D/s; con tal fervor y tan absoluto convencimiento, que se sientan realizadas de tal forma; que incurran en el error de considerarse parte de una élite despreciando a los demás por el mero hecho de no compartir o desarrollar sus mismas inquietudes.

Yo, particularmente, sí que tiendo a situarme a otro nivel, ni mejor ni peor, simplemente otro, y cuando me paro a pensarlo fríamente, si tuviera que definir esa sensación diferenciadora mediante el empleo de un único vocablo, creo que la palabra que más se acercaría a la realidad sería la de “vértigo”. Vérti'o!|$ser honsciente4EfNgs8RaF3gos, vértigo ante los desafíos, vértigo como mecanismo de defensa y vértigo, en fin, al saber cual es mi sitio.

No me entendáis mal. No me refiero aquí a ese vértigo apabullante que anula y bloquea, si no a ese otro que nos previene y nos dice: “Cuidado. Si no quieres caerte…, mira donde pones los pies”.

No sé si a vosotros os sucederá otro tanto pero a mí, incluso cuando duermo, a veces tengo la sensación de que la cama se elevara por si misma y tengo que despertarme y buscar un lugar al que asirme si no quiero caerme.

Qué cosas, ¿verdad?

Feliz finde.



miércoles, 2 de noviembre de 2011

Complicidad.



Miradas fugaces,
instintos compartidos.
Pensamientos que convergen,
como dedos entrelazados.

Experiencias parejas
en saberes distintos.
Sueños cómplices,
alientos unidos.

Distancias salvadas,
destinos atados.
Momentos fugaces
en tiempos prestados.

Equivalencia infinita
convertida en realidad,
existencias repletas
de dulce complicidad.


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