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martes, 23 de noviembre de 2010

HYBRIS




Realmente..., ¿el poder corrompe?

Sin duda, esta es una de las cuestiones que más se ha debatido a lo largo de la historia. De ningún modo pretendo considerarme lo suficientemente ilustrado (pobre de mí) como para lanzar desde este humilde foro una sentencia definitiva que ponga punto y final a las eternas discusiones que sobre este tema puedan darse. Yo diría que, más bien al contrario, lo que pretendo desde aquí es abrir un nuevo frente a la hora de abordar tan espinoso asunto.

Para empezar, quiero exponer (bajo mi punto de vista, claro está) que cualquier persona que, por una u otra razón, se vea catapultada a ostentar una posición de mando, a de contar con una serie de cualidades si no quiere verse arrastrada por la tentadora embriaguez que suele ir ligada a todos aquellos que detentan el, no siempre fácil, ejercicio del poder.

En primer lugar, decir que a de tratarse de una persona tremendamente equilibrada tanto a nivel psicológico como intelectual; aunque, esto último, no tiene porqué traducirse necesariamente en una desbordante preparación académica. Existen diversos grados y esferas de poder, por lo que todo dependerá de qué nivel de autoridad se esté ocupando ó pretenda alcanzarse.

Por otro lado, aunque pueda parecer una contradicción, es muy necesario aplicar enormes dosis de humildad cuando lo que se procura es dirigir adecuadamente a los demás. Una excesiva arrogancia pude dar al traste con una acertada decisión. (Ya en la antigua Grecia tenían un término para de definir este hecho: hybris, que venia a significar la exultación por el triunfo y el excesivo orgullo por ser poderoso ó haber conseguido algo. Dicho de otra forma: podría entenderse como el endiosamiento y la soberbia sobrevenidos tras un ascenso en el nivel de control sobre un determinado círculo de influencia). Esto no quiere decir que haya que mantener una actitud de condescendencia hacia los subordinados, aunque he de reconocer que; a lo largo de mi vida; he conocido a muchas personas que saben moverse como pez en el agua dentro de ese tipo de coyuntura. No todo el mundo podría salir bien parado de una situación así. Lo más acertado a de ser, necesariamente, mostrar una gran firmeza desde el primer momento, pero sin llegar al extremo de querer implantar una tiranía ó, dicho de un modo más coloquial: “no dejar que se le suban a uno a la chepa”.

Otro de los aspectos a tener en cuenta a de ser la ejemplaridad. Difícilmente se puede pretender instaurar un orden cuando aquellos que han de velar por el cumplimiento de las normas son los primeros en saltárselas. De ser así, toda legitimidad desaparece y de nada servirá recurrir a la típica coletilla de: “haz lo que digo y no lo que hago”, puesto que tan solo serán cuestión de tiempo que la apatía y el desorden hagan acto de presencia.

Un rasgo muy importante a tener en cuenta (yo diría casi que  primordial) a de ser la seguridad en uno mismo. Muchas veces es el miedo el sentimiento que nos impulsa a imponernos a los demás. Miedo a la soledad, al rechazo, al abandono, al ¿qué dirán? La lista sería interminable. Pero, pensémoslo fríamente. Siempre que se trata de utilizar una posición de poder como instrumento mediante el cual servirse para erradicar así nuestras propias inseguridades, lo que se suele conseguir, a la larga, es precisamente, lo contrario. Difícilmente podrán ostentar el liderazgo con las debidas garantías, aquellas personas que tengan que enfrentarse a barreras de este tipo en su relación con los demás y, antes de plantearse siquiera la opción de prevalecer sobre el resto, sería más aconsejable que trataran de disipar sus dudas por otros medios pues, de lo contrario, solo conseguirían aislarse y convertirse en esclavos de sus propias aprensiones.

A todos nos a pasado alguna vez (en cualquier ámbito, ya sea en el familiar, el profesional, deportivo, etc…) que, personas carentes de las necesarias dotes de mando, han tratado de justificar sus propios errores culpabilizado a otros que poco ó nada tenían que ver con el problema que hubiera podido surgir. Y esto me lleva a reflexionar sobre la cualidad más importante de la que ha de hacer gala cualquiera que deseé sobresalir sin discusión mediante el desempeño de la autoridad. “RESPONSABILIDAD”. Esta es, para mí, la más irrenunciable de las prerrogativas que han de exigírsele a un líder. Y sí, no tengo el más mínimo reparo a la hora de emplear esa palabra: “exigir”. Resultan evidentes todas las ventajas implícitas cuando de lo que se trata es de aplicar nuestro dominio sobre nuestros semejantes, pero no debemos de olvidar que, este hecho, lleva aparejados toda una serie de deberes que no deben ser ignorados. Por desgracia esto es, precisamente, lo que suele ocurrir con mayor frecuencia y se tiende a pensar que, cuando se alcanzan ciertas cotas de poder, es como si le otorgaran a uno carta blanca para hacer lo que le venga en gana, pero sin tener que afrontar las consecuencias que se deriven de esos actos.

Pues bien. Sí que se pueden tomar decisiones impopulares o polémicas, ya que la autoridad coartada deja de ser autoridad, pero hay que contar con la suficiente entereza para dar la cara y reconocer las equivocaciones cuando, a raíz de un mandato desafortunado, se presenten consecuencias indeseadas. Pero, desde ya, quiero dejar claro que ha de ser “a raíz de ese mandato en sí mismo”  y no como resultado de haberlo puesto en ejecución de una forma negligente ó malintencionada. En tal caso, la responsabilidad tendría que recaer sobre aquel, ó aquellos, que no hubieran dado el debido cumplimiento a las instrucciones recibidas.

De cualquier modo, como ya se ha visto, el desempeño de un cargo donde sean necesarias grandes dosis de autoridad, no es tarea fácil y, este hecho, debería tenerse muy presente en el momento de aceptar (ó perseguir) un cargo de “responsabilidad”.


Sin duda podría extenderme mucho más, pero creo que ya va siendo hora de responder a la pregunta con la que están encabezadas estas líneas. ¿Puede llegar a corromper al poder?  Mi opinión es que, indudablemente, SI. Todos los que lo ostenten, y carezcan de las virtudes que he ido enumerando más arriba, tienen todas las papeletas para que así sea y, por lo tanto, solo aquellas personas que sepan dirigirse a sí mismas con honestidad serán capaces de hacerlo con los demás sin sucumbir a la tentación de aprovechar su posición de preponderancia, “solo”, en su propio beneficio.

- Sí, muy bien. Te ha quedado muy bonito. – estaréis pensando muchos de vosotros. – Pero ¿qué tiene que ver todo lo que has estado diciendo hasta ahora con el ejercicio de la dominación en el ámbito D/s? – Bueno, creo que todos estaréis de acuerdo conmigo en que ninguna persona podría ser considerada como dominante si no hiciera gala de un ostensible poderío a la hora de someter la voluntad de l@s sumis@s (conforme sea su deseo) que pudiera tener a su servicio. ¿Por qué habría de pensar que, en ese caso en concreto, las normas básicas sobre el uso del poder tendrían que ser distintas? No veo razón alguna para hacerlo ó… ¿acaso todas aquellos que decidimos adoptar el rol de dominante perdemos nuestra condición humana y pasamos a convertirnos en marcianos ó algo por el estilo? Si así fuera, tendría que callarme, pero mucho me temo que, ese, no es el caso. Entonces… ¿por qué habrían de regirse por unos condicionamientos distintos a los que se aplicarían, por ejemplo, a la hora de dirigir adecuadamente una empresa?

Luego estaría el tema de cuál de los dos sexos está mejor capacitado para ejercer la dominación. Bajo mi punto de vista esta discusión tan debatida, y nunca cerrada, no conduce a ningún sitio. Lo que quiero decir es que una mujer puede superar a un hombre lo mismo que un hombre puede superar a una mujer. Por lo tanto, entrar en discusiones sobre si uno u otro sexo es superior me parece completamente estéril y solo conduce a entrar en una suerte de juego donde el enfrentamiento es más artificial que real pero, cuyas consecuencias, al final, pagamos todos. Además como ya he dicho en otro sitio, en una sociedad como la actual (me refiero a la que se da en los países más industrializados), donde el nivel de especialización es tan sumamente abrumador… ¿cómo puede alguien pretender superar a los demás en todo y siempre, en cualquier aspecto e independientemente del momento y las circunstancias? Realmente, y perdonadme la expresión, me parece una gilipollez. Lo relevante no es el género, la religión, la raza ó la orientación sexual. Lo importante son las personas y como se relacionan con los miembros de su entorno (no hagáis un chiste fácil). Esa ha de ser, y de hecho “es” por mucho que nos empeñemos en negarlo, la única forma válida con la que contamos para discernir si alguien es bueno ó malo, superior ó inferior, conveniente ó inconveniente.

Cuando yo, de forma accidental y totalmente inesperada, entre en contacto con el mundo bdsm, lo hice como sumiso y no como Amo. Por esa razón creo poder hablar sobre esto con cierto conocimiento de causa. En lo que a dominación femenina se refiere, en ocasiones me asustaban los requerimientos que, de entrada, me hacían algunas Amas como condición imprescindible para entrar a su servicio. No me refiero aquí a la lógica prudencia que se suele mostrar a fin de excluir a los simples curiosos ó a esos “sumisos” que creen que el sometimiento se limita a sesiones esporádicas de sexo, más ó menos, extremo. Lo que verdaderamente me inquietaba es la exigencia a la “total” renuncia de límites, la negación a hacer uso de una clave de seguridad, el rechazo inamovible a cualquier tipo de negociación previa. No voy a negar que no existe una sumisión mayor y más incondicional, pero… ¿resulta segura? En los tiempos que corren… ¿se puede llegar a confiar así en alguien de buenas a primeras? Yo no lo haría puesto que, de mostrar una actitud de ese tipo, lo primero que pensaba es que, esas dóminas en cuestión, mostraba un ramalazo despótico inasumible por mi parte y; teniendo en cuenta las virtudes que ha de mostrar cualquier líder, como he apuntado antes; quedaban excluidas de inmediato como candidatas a la hora de gobernar mi destino. Dominio significa firmeza, tenacidad, aplomo, e incluso, cuando la situación lo requiere, dureza, pero nunca acritud ó ensañamiento. Eso tendría otro nombre pero, para mí, el bdsm significa otras cosas.

De aquella época derivan mis convicciones actuales y, ya que entonces no estaba dispuesto a plegarme a según que modos, no voy ahora a ir por ahí defendiéndolos ni demandándolos.

No quiero extenderme más. Como de costumbre, me he ido liando y no sé si la idea que quería exponer ha quedado lo suficientemente definida.

Decidme pues cuál es vuestra opinión.

Saludos, a tod@s.


3 comentarios:

  1. Antes que nada quiero decirte que SI, que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe Absolutamente.
    Y lo segundo quiero agradecerte por tu extenso comentario en mi blog, me ha parecido tan interesante que acabo de postearlo,( respetando, por supuesto tu autoría)
    Gracias por ser y estar
    Un beso gordo

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  2. uffffffffffff...ha sido genial...me ha encantado...me he quedado sin palabras...sientiendo que su logica aplastante me ha enmudecido...

    Me quedo con una frase como acostumbro ha hacer:

    Dominio significa firmeza, tenacidad, aplomo, e incluso, cuando la situación lo requiere, dureza, pero nunca acritud ó ensañamiento..

    gracias....

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  3. En ocasiones y cuando dispongo de tiempo entro a leerte, antes con mi identidad, ahora bajo el anonimato y no porque tenga algo que ocultar, más bien porque no sea ocasión de tropiezo el leer mi comentario para otr@s ciudadanos que comparten este espacio.

    Este post, nunca antes lo había leído y confirma la idea de persona que tengo de ti sin conocerte.

    Soy una mujer de poder en mi día a día, no por lo que mi cargo en sí asume. Si no por el hecho de que muchos me siguen como referente. Y ciertamente el poder corrompe. En todas y cada una de las facetas en que se viva, incluida la sexual.
    Decía mi abuela que un pobre harto de pan era el peor de los señores y de ahí la importancia de alimentar la benevolencia como mano derecha de mi crecimiento siempre.

    Comparto contigo lo que expones. "(...)¿Por qué habría de pensar que, en ese caso en concreto, las normas básicas sobre el uso del poder tendrían que ser distintas?(...)".
    El poder siempre es poder, independiente de quien lo ejerza o lo asume. "(...)De aquella época derivan mis convicciones actuales y, ya que entonces no estaba dispuesto a plegarme a según que modos, no voy ahora a ir por ahí defendiéndolos ni demandándolos(...)"

    Imagino que es falta de tiempo lo que hace que en los post actuales no respondas a los comentarios. Porque intuyo que de todo lo demás que tiene que ver con las relaciones en Blogger y demás estarás vacunado de espanto.
    Opino que seria interesante poder leerte, además, de vez en cuando desde esa perspectiva de la replica. Después de todo, en este mundillo virtual escrito al que pertenece la Ciudad tras el Sol... los comentarios son el transito que hace ruido y... denotan también vida en la urbe.

    Mi saludo, Qarpatian.

    ResponderEliminar

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