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miércoles, 13 de marzo de 2013

De mentores y mentados.



Sé que existen muchas formas de entender la D/s y que, entre aquellos que la practicamos, tendemos a establecer una escala de valores diferenciada. Cada miembro de nuestra comunidad se convierte, pues, en el garante de una visión única por mucho que esta se sustente en unas bases comunes. Siempre me ha gustado creer que; partiendo de esas bases; todos tenemos cabida dentro del marco bdsm. Es por ese motivo que, en esta ocasión, quisiera compartir con todos vosotros algo de mi propia visión personal, sin pretender; lo digo ya por delante; imponer la validez, idoneidad o conveniencia de mi criterio sobre el de los demás.

Nunca he ocultado que mis inquietudes dentro de este ámbito no son demasiado ortodoxas y soy muy consciente de que mi punto de vista no siempre es compartido. Por esa razón; y por otras bastante más retorcidas; no me siento incómodo al saberme criticado. Es más. Considero la crítica; siempre que resulte versada y constructiva; un elemento indispensable para nuestro crecimiento como personas, y, precisamente, ahí es donde reside el concepto sobre el bdsm que yo trato de desarrollar.

Muchas personas consideran que las relaciones D/s se reducen a una constante lucha de poder: “El dominante busca castigar, el sometido busca ser castigado y se enfrentan entre sí para dotar de una justificación emocional a sus anhelos físicos”. No pondré en tela de juicio la validez de este argumento pues son muchos los que defienden su vigencia y la llevan a la práctica; pero lo que no puedo (ni quiero) es esconder que no me siento para nada predispuesto a formar parte de una relación que pudiera describirse en esos términos.

Ya apunté hace algún tiempo que no creo que pueda establecerse un vínculo de las características que aquí suelen tratarse dentro de un plano de igualdad. En aquella ocasión, si no recuerdo mal, ya di algunas pistas del porqué de mi postura, pero hoy, si me lo permitís, me gustaría arrojar algo más de luz a este respecto. Imaginaros a un docente y a un estudiante. ¿Quién enseña a quién? Ya, ya. Sé que alguno ya estará pensando: “Todos, por mucho que sepan, pueden aprender algo de los demás”; lo cual es muy cierto, pero dejemos eso para un poco más adelante y vayamos paso a paso. Volvamos a la pregunta: “¿Quién enseña a quién?” Lógicamente, la respuesta más razonable sería decir que: “El docente al estudiante”. Si fuera al contrario no tendría demasiado sentido que el segundo acudiera a un centro de estudios a no ser que lo hiciera para instruir al primero y…, en ese caso, el estudiante pasaría a ser el profesor y el profesor su alumno. Las cosa quedarían entonces como al principio: misma situación, mismos roles (aunque estos hubieran mudado de sujeto).


¿Qué he querido decir con todo este galimatías? En realidad, lo que pretendía era formular una nueva pregunta: ¿Qué es lo que viene a determinar el rol que ocupa cada uno de los individuos del ejemplo anterior? Estaréis de acuerdo conmigo en que, en ese caso tan concreto, los aspectos más determinantes serían el conocimiento y la experiencia. Pues bien. Os he estado exponiendo todo esto porque, para mí, la D/s viene a ser algo bastante similar. Lógicamente, como para casi cualquier otra cosa, tendría que existir una cierta vocación previa, uno de esos impulsos iniciales que nos lleva a adentrarnos por un camino determinado. Pero, independientemente de cual termine siendo nuestra elección, tened por seguro que aquello a lo que aspiremos solo será obtenido a base de trabajo y constancia. Habrá quienes puedan contar con la ventaja que otorgan algunas capacidades innatas y otros que tendrán que partir, prácticamente, de cero; quienes cuenten con una amplia ayuda por parte de terceros y a quienes se lo pongan muy, pero que muy difícil; incluso, a veces, también la suerte dejará su tarjeta de visita, ya sea en un sentido u otro.

Lo que vengo a decir con todo esto es que en el vínculo que se forma entre dominantes y sometidos se establece una dinámica similar, donde uno marca las pautas de aprendizaje y otro las va recogiendo y desarrollando. No nos perdamos aquí con las formas y los tiempos (tiene también su importancia y dan pie a un amplio debate, pero no pretendo tratarlos aquí para no alargarme en demasía); como suele decirse: “cada maestrillo tiene su librillo”, y, tal vez, lo más importante sobre este punto sea que los conocimientos que se impartan a través de la D/s resulten productivos (y, a ser posible, aplicables a otras facetas de nuestro entorno). Con esto no pretendo afirmar que resulte sencillo transmitirle a alguien unas experiencias que le son ajenas. Pocas cosas pueden revelarse tan ingratas como el ejercicio de la docencia, a cualquier nivel y en cualquiera de sus variables. Se hace necesario contar con la capacidad de saber llegar a los demás y, por suerte o por desgracia, no todas las personas reaccionamos de igual manera ante los mismos estímulos. Es ahí donde cualquier mentor se juega su prestigio, pues de poco sirve que una persona pueda presumir de estar ampliamente versada si, después, no logra establecer una conexión con aquellos que deseen ser sus pupilos. Con respecto a eso, un dominante nunca deja de aprender, pues, aún teniendo muy claro a donde quiere llegar, no siempre todos los caminos resultan adecuados.


Del otro lado también se presentan dificultades a la hora de afrontar esta cuestión. Si preguntásemos: “¿Qué resulta más necesario en el momento de instruirse sobre una determinada cuestión?”, muchos contestarían: “Tener ganas de aprender”, cuando lo más importante es: “Dejarse enseñar”. Muchas veces nos encontramos con que un excesivo ímpetu puede dar al traste con la mejor de las voluntades. Esa coletilla tan típica a la que recurren con frecuencia los niños: “¿Queda mucho aún? ¿Cuánto falta?”, suele darse también (convenientemente enmascara) en muchos adultos. Pero, por más que se intente disimular, de poco va servir para acortar tiempos y, en cambio, si que pondrá en evidencia a esa insufrible impaciencia que nos distrae del verdadero objetivo y de los pasos que deben seguirse para alcanzarlo.

Podría extenderme mucho más; poner más ejemplos y todo eso; pero, entonces, correría el riesgo de caer en la redundancia y, eso, tampoco es que resulte demasiado acertado ya que suele abocar al tedio y contribuye a perder el hilo de los temas que se tratan. Además, cuento con vosotros para poder identificar aquellos flecos que; a buen seguro; habré dejando sin rematar.

Un saludo a todos.


2 comentarios:

  1. Para mi, ya no hay duda, aunque no hay merito ninguno por mi parte, porque todo se debe a Tu capacidad para enseñarme, para hacerme ver que todo cuanto tratabas de mostrarme era por mi bien, y de ese modo, cuando vas viendo que las lecciones son claras enseñanzas de vida, cuando todos los aspectos mejoran sustancialmente, es fácil empezar a confiar, dejarse enseñar y agradecer aquello que te aporta tu mentor...

    Cierto que es un arduo trabajo el del maestro. Yo te he visto padecer mucho conmigo, tener que buscar como y cuando para hacer posible mi avance y no tengo duda que a día de hoy sigues con el mismo (o mas) empeño en hacer de mi una buena sumisa para Ti, pues lo aprecio en cada uno de Tus gestos.

    Nada tengo que aportar a Tus palabras, tan solo dar fe de que así lo vivo y así deseo que siga siendo, pues aprender de Ti, aunque no me resulte sencillo las mas de las veces, es un placer que me aporta la felicidad que ahora siento.

    Aprovecho para pedirte disculpas por todo la incomprensión que he mostrado y por el sufrimiento causado en Ti durante este tiempo como Tu aprendiz y agradecerte la paciencia y la dedicación que tienes en la gran oportunidad de aprender a servirte.

    Dejarte ademas dulces besos y los mejores cuidados...

    A Tus pies

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    Respuestas
    1. Todo entra dentro ese esfuerzo conjunto que se hace necesario para alcanzar aquellas metas que solo se pueden obtener mediante el trabajo en equipo. Las dificultades surgen, como en todo, pero no pueden servir de excusa para caer en el desánimo ni para rendirse a las primeras de cambio. Sin riesgo y sin esfuerzo no suele haber recompensa, mas, cuando esta llega, siempre se disfruta más cuando ha entrañado alguna dificultad.

      Un beso y un azote, mi dulce sierva.

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