Qanícula.

 

En el vientre ardiente del estío,
la canícula lame con lengua de fuego.
El aire es como miel espesa, lento y denso,
y las sombras se desparraman como muslos entreabiertos.

Sudor de oro recorre la piel del mundo,
las flores pesan, ebrias de luz cruda,
y el viento, si sopla, es un suspiro
que huele a piel encendida y a fruta madura.

Todo palpita; todo se impregna
de ese sol que penetra y abrasa.
El verano no es luz, es deseo desnudo
que nos devora y nos vuelve carne tierna.

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