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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Divagaciones parciales sobre la complejidad masculina.


Son muchos los tópicos con los que; a lo largo de la historia; se ha ido jalonando la no siempre fácil convivencia entre hombres y mujeres. No es  mi intención ponerme a enumerarlos aquí uno por uno pues darían para escribir, más que un libro, una enciclopedia. Podría decirse que, en su gran mayoría, aunque sí que pudieran tener una cierta base, tienden a ser notablemente exagerados con el fin de ridiculizar o dejar en mal lugar a aquel sexo hacia el que vayan dirigidos. La cuestión sobre la que quiero hacer hincapié en este post tiene mucho que ver con esos tópicos, aunque, claro está, no sirva para desmontarlos ni, tampoco, para darles una justificación.

Lo que hoy me gustaría exponeros es la extraña dualidad que existe sobre un aspecto que, a los hombres, se nos reclama con enorme insistencia, pero que, por otro lado, suele generar un cierto rechazo cuando, a la postre, hacemos gala de él. Me estoy refiriendo a la “sensibilidad”.

Muchas veces se nos acusa de permanecer impasibles ante situaciones, digamos…, “delicadas” (y no digo que no haya momentos en los que nuestro comportamiento pudiera ser interpretado de esa manera), pero, si nos paramos a pensarlo un poquito, veremos que no se trata de algo que le suceda en exclusiva al género masculino. Partiendo de la base de que cada persona es diferente y que son muchos los aspectos que pesan a la hora de modelar una determinada conducta; ponerse a generalizar; así, por las buenas; constituye un ejercicio de razonamiento bastante arriesgado. No obstante, sí que es cierto que los hombres tendemos a seguir una línea de pensamiento…, no diré que más sencilla que la de las mujeres, pero sí más lineal (tal vez de ahí surja la extendida creencia de que solo somos capaces de estar haciendo una cosa de cada vez, cuando la realidad sería, más bien, que; en la medida de lo posible; esa es la forma de actuar que nos parece más “razonable”). Con todo y con eso, tampoco nos libramos de darles mil y una vueltas a aquellos asuntos que nos causas algún tipo de preocupación.


Pero ya me estoy desviando del tema. “Sensibilidad”, esa y no otra es la motivación que ha inspirado esta entrada. Yo creo que la piedra de toque para dar con la génesis del eterno debate que surge siempre en este sentido reside en las diferencias; pero no en las diferencias físicas, psicológicas o genéticas (esas son evidentes pero no tienen por qué aplicarse únicamente dependiendo del sexo de una persona). Las diferencias a las que me refiero viene dadas, más bien, por cuestiones de tipo social que; dependiendo del país en que residamos; pueden tener un fuerte arraigo de índole tradicional, estar motivadas por cuestiones religiosas o, incluso, estar estipuladas por ley.  Desde luego que todo esto no basta para programar de forma invariable la personalidad de un individuo, pero influye, y mucho, en el ambiente en el cual tendrá que desenvolverse y al que, de manera inevitable, tendrá que adaptarse. Este hecho, a día de hoy, aún conserva un peso muy importante en el modo en que ambos sexos manifiestan su sensibilidad.


Por otro lado, sí que considero que; tanto en el caso de las féminas como en el de los varones; existe una cierta predisposición a la hora de conducir nuestros sentimientos de una forma determinada. Sé que, con lo que voy a manifestar a continuación, estoy corriendo el riesgo de internarme en un terreno un tanto “resbaladizo”, aunque no creo que nadie vaya a ofenderse tras conocer mi opinión. Por lo que puedo hablar en función a mi propia experiencia, me parece que lo que más nos diferencia en este sentido a hombres y mujeres no es que los unos carezcamos por completo de sensibilidad y las otras lo monopolicen. Resumiendo muy mucho mi parecer, pienso que, cuando hablamos de sensibilidad, nosotros nos centramos más en el fondo mientras que ellas lo hacen más en la forma. Ambos aspectos tiene su importancia, así que nadie se vaya a creer que intento desmerecer el hecho de que una persona se decante en un sentido o en el otro. Lo ideal sería hallar el equilibrio entre ambas formas de sentir, pero ya llevamos en ello algún que otro milenio y, por el momento, no podemos presumir de haber conseguido unos resultados demasiado satisfactorios.

Sé que muchas chicas estaréis pensando ahora: “Sí. Muy bonito todo eso. Pero… ¿qué pasa entonces con esos machotes tan sobrados de sí mismos que se creen superiores por el mero hecho de llevar colgando un par de pelotas entre las piernas?  Pues bien, sobre eso, solo dos incisos. El primero tiene que ver con que esa suerte de arrogancia masculina obedece, las más de las veces, a una inseguridad mal gestionada. Y…, el segundo. Si ese modelo de conducta persiste; a pesar de tantos y tantos esfuerzos empleados en erradicarlo; ha de ser, necesariamente, porque aquellos que lo ponen en práctica creen estar obteniendo con él algún tipo de beneficio.


En definitiva. Para no alargarme demasiado (que menudo rollo os estoy metiendo), reseñar que…, aunque a los hombres se nos tache muchas veces de simplistas, también tenemos nuestras luchas y conflictos internos; y que, puestos a ser sensibles; no estaría mal que, de vez en cuando, se nos permitiera serlo con nosotros mismos sin criticarlo demasiado. Aunque a veces pueda parecer lo contrario, también tenemos nuestro corazoncito.

Saludos a todos y perdón por la “chapa”.


2 comentarios:

  1. Creo que la sensibilidad existe por igual en ambos sexos, es una característica humana, pero por la dulzura que se desea y espera del sexo femenino se le permite la expresión de esa sensibilidad mientras que al hombre, por los tintes algo rudos que se le aplican, se le veta en demasiadas ocasiones dicha expresión, haciendo que no lo exteriorice.

    Es cierto que las mujeres pueden tener mayor sensibilidad, quizás una parte innata, pero otra porque al ser una característica permitida y desarrollada en el tiempo tiene menos obstáculos para aflorar, quedando, en cambio en el hombre, camuflada dentro de sí mismos.

    Como Tu bien apuntas, es cuestión de equilibrio, aunque de eso la mayoría estamos faltos y nos dejamos llevar por aquello que tiene una mayor incidencia o que nos resulta más cómodo.

    Hay algo que no me gusta olvidar, de mi propia experiencia personal, que es el hecho de las corazas, que todos en mayor o menor medida pegamos a nosotros para creernos o que los demás crean la cualidad (o defecto a veces) que nosotros queremos tenemos. Durante muchísimos años he oído hacia mí la crítica de que era insensible, de que era capaz de quedarme impasible sin reaccionar, pero…¿Qué te voy a contar a Ti?...nada mas lejos de la realidad, solo una coraza que creía necesitar para subsistir…y eso siempre me lleva a pensar que quizás los demás también necesiten en algún momento de ellas, y esa chulería que muchos hombres demuestran sea, para ellos, una necesidad.

    A mi, personalmente, me encanta cuando un hombre muestra esa sensibilidad masculina, es capaz de mostrarse con esa ternura sin dejar de ser varonil por ello.

    Realmente un tema complicado, pero como siempre Tu expresión impecable…me ha encantado leerte…era como estar acurrucada a Tus pies dejando que Tu voz me invadiera y me meciera en todo aquello que me haces sentir…mmmmm

    Besines dulces
    A Tus pies

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    Respuestas
    1. Creo, mi dulce sierva, que con tu comentario has aportado esa visión femenina y complementaria a lo que yo he expuesto en esta entrada. Es cierto, la sociedad nos "obliga" muchas veces a adoptar determinadas posas, y no por gusto precisamente. Los criterios y los cauces ya han sido previamente establecidos y, sin bien no estaría de más cambiar unos cuantos de ellos, el tiempo que empleamos en luchar contra lo estipulado lo restamos a avanzar en otros ámbitos.

      Se mire por donde se mire, la elección siempre resultará difícil. Pero, en nuestro circulo más íntimo, la cosa cambia. En él no es necesario dividir nuestros esfuerzos en varias direcciones y, si tenemos claro nuestro objetivo, con constancia y sinceridad, no hay nada imposible.

      Un beso y un azote.

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