Sobreimpresiones.

 

No deja de ser curioso cómo, muchas veces, determinados conceptos se superponen en nuestra mente hasta el punto de llegar a conformar un todo indisociable en el que, cada uno de sus elementos, se fusionan de tal modo que llegan a cobrar un sentido completamente distinto al que, con anterioridad, tenían por separado.

En momentos como ese es cuando nos percatamos de lo trascendentes y definitorios que pueden llegar a ser los efectos que provoca nuestra propia subjetividad en la percepción que tenemos del entorno que nos rodea. Caemos en la cuenta de hay muy pocas cosas que pueden escapar a la influencia de una cierta "polisemia empírica" y que, por ende, tienden a estar sujetas a interpretación.

Algo así es lo que pasa con esta ciudad. Vista desde una cierta distancia no difiere demasiado de cualquier otra. Su extensión o la distribución y estructura de sus edificios más emblemáticos puede llegar a otorgale algunos signos de identidad fácilmente identificables. Pero, aún así, desde lejos, no es capaz de ofrecernos demasiadas pistas sobre el cariz que desprenden algunas de sus particularidades más intrinsecas.

¿De dónde surge entonces todo aquello que habrá de terminar configurando su idiosincrasia más consustancial? Es intentar resolver esa cuestión y darse cuenta de inmediato que va ser prácticamente imposible elaborar una respuesta, categórica y definitiva, más allá de la manida y decepcionante afirmación de: "depende de a quién le preguntes".

Por muy frustrante que nos pueda llegar a parecer ese recurso argumental, lo cierto es que en ningún momento falta a la verdad, pues, bajo capas y capas de juicios personales, las desavenencias de ponderación que pueden llegar a crearse entre individuos ante una misma serie de acontecimientos, en ocasiones, pueden terminar revelándose como irreconciliables.

Es por esa razón que..., una vez más, vengo a preveniros de que os adentréis por estas calles provistos de una cierta prudencia, ya que es muy probable que muchas de las cosas que llegaréis a ver en el curso de vuestro tránsito nunca hubieran formado parte de la escena si, antes, no hubieran salido de vuestra propios "equipajes".

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