La mejor de las delicias.

 


Fruta prohibida que madura entre mis dedos,
dulce sustento que se derrama entre labios y suspiros,
terciopelo ardiente bajo la luna,
invitación a recorrer cada curva sin agobios,
cada valle secreto donde habita la respuesta a mis preguntas.

Divino manjar hecho de carne y deseo,
de pechos como soles que templan y que nutren,
de caderas ondulantes que me nublan el sentido,
de muslos donde hallar un paraíso húmedo y cálido
donde el tiempo se detiene y sólo existe un presente indefinido.

Me ofreces tu mirada:
océano de inmensidad transparente,
tu risa:
música que sana las heridas de mi alma atormentada
tus brazos:
refugio y tormenta,
ternura que arrulla
y fuego que atrapa.

El calor de tu vientre cuando todo se enfría,
la fuerza de tu entrega cuando las luces se apagan,
la sabiduría silenciosa de las caricias
con que expresas lo que sientes mejor que con las palabras.

Eres la vianda y el vino,
poema escrito con la tinta del pecado sobre las pieles perladas.
Cedes tu mente despierta,
tu corazón valiente que late al mismo compás que el mío,
tu espíritu libre que vuela y me eleva sobre el mundo.

A ti; dulce bocado,
apetecible en todos los sentidos,
tú que sabes a pecado y a redención,
a mar y a miel combinadas,
a tierra fértil y cielo abierto;
te invito a mi mesa a cambio de tu entrega,
porque en ti se resume todo lo que un hombre puede desear:
placer, paz, pasión y hogar.

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