Reenfocando.
Puede que a muchos de vosotros os resulte un tanto extraño pero, en más ocasiones de las que cabría esperar, a nuestra ciudad terminan recalando personas que vienen huyendo del torbellino de la cotidianeidad, esa donde las agendas se desbordan y las obligaciones se encadenan sin respiro. Personas que, en algún momento, han estado a punto de olvidarse de que no sólo son trabajadores, padres, ciudadanos o consumidores. Son también seres con una dimensión interior que, si se descuida durante demasiado tiempo, acaba adormeciéndose. Surge en ellos la necesidad imperiosa de abrir un paréntesis: detener conscientemente el flujo rutinario para atender esa otra parte de ellos mismos que ha permanecido latente.
Esta “otra parte” no es un lujo romántico, sino una necesidad psicológica y existencial. Puede manifestarse como la creatividad que nunca encuentra hueco, la curiosidad intelectual que se apaga bajo el peso de lo urgente, la sensibilidad estética que se marchita entre pantallas, o esa voz interior que reclama silencio y autenticidad. Cuando la ignoramos sistemáticamente, el precio es alto: agotamiento emocional, sensación de vacío, pérdida de vitalidad y, en casos más profundos, una crisis de identidad. Nos volvemos extraños a nuestros propios ojos.
Abrir un paréntesis no implica necesariamente un gran viaje o un retiro de meses. Basta con decidir, aunque sea por unas horas o unos días, desconectar del rol social predominante y reconectar con lo que nos hace sentir vivos. Puede ser retomar un instrumento musical abandonado, perderse en un libro que nada tiene que ver con el trabajo, caminar sin rumbo por la naturaleza, escribir sin pretensiones, meditar o simplemente permitirnos el ocio contemplativo que tanto tememos. Lo importante no es la actividad concreta, sino la intención: crear un espacio sagrado donde no se exija productividad ni resultados.
Ese cultivo deliberado del yo dormido tiene efectos regeneradores. Devuelve profundidad a la mirada, suaviza la rigidez del espíritu y, paradójicamente, mejora después el rendimiento en la vida ordinaria. Quien ha cuidado su mundo interior regresa a la rutina con mayor claridad, resiliencia y capacidad de asombro. No se trata de huir de la vida cotidiana, sino de enriquecerla.
En un mundo que premia la hiperactividad y la disponibilidad permanente, abrir un paréntesis se convierte en un acto casi revolucionario de auto-cuidado y honestidad. No es egoísmo; es mantener viva nuestra esencia como seres humanos. Porque sólo cuando alimentamos esa parte dormida recordamos quiénes éramos antes de que las circunstancias nos moldearan y, lo más importante, quiénes podemos llegar a ser.
Y si todo esto se hace necesario para las relativamente pequeñas tensiones cotidianas..., ¿qué decir cuando todos esos generadores de estrés se extienden a otros contextos mucho más delicados? Una eventualidad accidental o una tragedia repentina pueden llegar de repente y trastocarlo todo. Habrá ocasiones en las resultará del todo imposible ignorar sus efectos y..., en alguno de esos casos, ese paréntesis de reescritura existencial ya no será algo tan terapéutico como ineludible.
Por eso, como ya he dicho, nuestra ciudad se convierte a veces en un refugio momentáneo; un pequeño rincón, etéreo e indeterminado; donde la imaginación puede discurrir por otros derroteros mientras se deja conducir... 👇🎶




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