El gozo enciclopédico.

 


He conocido a personas 
que transitan por el mundo
como orfebres del instante,
cuyos dedos no dejan mancha
cuando auscultan lo que miden,
con miradas que sopesan los matices
de cada sombra donde late el deseo.

Recopilan el erotismo
con pulcritud académica,
cada suspiro archivado en su folio de seda,
cada curva medida con regla de luz,
cada gemido etiquetado por su tono
y guardado en vitrinas de cristal fino.

No saquean el placer; lo catalogan.
Con paciencia de relojero,
examinan, pieza a pieza
la textura de unos labios cuando tiemblan,
el peso exacto de una mirada que se demora,
el aroma que queda en el aire
tras los cuerpos han dialogado sin palabras.

Son minuciosos como monjes
que copian manuscritos prohibidos.
Cada roce es transcrito,
cada humedad, iluminada en oro,
cada pausa entre latidos,
anotada al margen con tinta de ámbar.

Y así, sin prisa y sin mácula,
reúnen un museo invisible
donde el deleite no se marchita,
donde el erotismo permanece
ordenado, brillante, eterno:
una colección privada
de momentos perfectos
que sólo ellos saben nombrar.

Benditos los que saben recopilar
lo efímero sin romperlo,
los que convierten la carne en poesía
y cada suspiro en una nueva página
de un libro que nunca amarillea.

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