Cadencias cinceladas.

 

Nuestra ciudad; al igual que muchas otras; emite sus propias frecuencias. Sus melodías no nacen sólo de los altavoces ni de las voces que se elevan en las plazas, fluyen en el roce del tráfico rodado, en el eco lejano de una radio encendida que se asoma en un balcón, en el ritmo irregular de los pasos sobre el asfalto húmedo, en el murmullo colectivo de los mercados y en las canciones que alguien tararea sin darse cuenta mientras espera junto a un semáforo. Son melodías sin partitura fija, hechas de repeticiones y variaciones, de tensiones que se resuelven a medias y de silencios que nunca llegan a ser del todo silencio.

Esas cadencias —el ascenso y descenso de un estribillo que se pega, el golpe seco de una puerta que se cierra al compás del murmullo imperante, el motivo melódico que regresa cada tarde desde el mismo bar— actúan como una seducción lenta. No imponen; invitan. El oído se acostumbra, la memoria las almacena sin pedir permiso y, de pronto, una frase musical o un ritmo urbano se vuelve propio. Las personas se rinden a esos acordes no por debilidad, sino porque reconoce en esas sonoridades algo que ya habitaba en ellas, una forma de estar en el mundo, una manera de sentir el tiempo. Así, lo ajeno se transforma en íntimo. La melodía de la ciudad deja de ser paisaje sonoro y se convierte en identidad compartida, en el canto interior que cada uno lleva consigo cuando cruza el umbral de su casa. Cadencias que reverberan y se expanden...🎶👇

... de la mano de propuestas como esta.

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