Elaboraciones.


En la antesala tibia se enciende la espera
con velas que danzan con secreta certidumbre
plagada de pensamientos delirantes
que impregnan una piel palpitante y desesperada.

Se elige la seda que acaricia el cuerpo,
lento el contacto de la tela que oculta.
Manos que rozan, temblando de anhelo,
mientras la mirada se torna un absoluto.

Labios que se entrechocan en un breve susurro,
preludio de un fuego incipiente.
Dedos que trazan caminos de fiebre
sobre la curva trazada por el deseo.

Se apaga el mundo con un solo gesto,
la luz se ablanda, la noche se entrega,
el aliento se mezcla, próximo y honesto,
promesa voluptuosa de un cuerpo convulso.

Y en ese umbral donde todo comienza,
el tiempo se detiene, suspendido y dorado,
preparando ese encuentro que se intuye cercano,
antes de hacer trizas los acostumbrados reglamentos.

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