Abandonos apacibles.


En la caricia suave del instante presente,  
los sentidos se abren como pétalos al sol,  
y el cuerpo se rinde, dócil y dispuesto,  
al éxtasis que nace de una necesidad invocada.  

Se diluyen los pesares que se han ido acumulando,  
intrascendencias que arruinan las propias disposiciones,  
y se evapora el influjo de lo inútil y superfluo
en esa tibia corriente traducida en embeleso.  

Sumergida en esa paz donde danzan los sentidos 
el alma se aquieta mientras el tiempo se abduce; 
en cada roce, en cada aroma, en cada nota evocada; 
quebrando por un momento los dictados de lo absurdo.  

Así, en la placentera y voluntaria rendición,  
el ser se abandona a ese placer que lo envuelve,  
y encuentra, en ese efímero instante, la redención  
de un sosiego profundo que se impone con vehemencia.

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