Rituales en ciernes.

 


En estos días de finales de octubre, cuando el aire se vuelve más fino y el viento empieza a arrastrar las hojas con una insistencia casi deliberada, nuestra ciudad y su entorno se transforman en un espacio propicio para encuentros de otra índole; encuentros de los que se desprende una espiritualidad que no se organiza a partir de unos moldes excesivamente rígidos, que se manifiesta y se filtra a través de los elementos y se deja guiar por lo que el clima y el paisaje dictan en cada momento. Ceremonias que surgen con frecuencia de manera improvisada entre grupos que se reúne al caer la tarde en el claro de un bosque cercano, junto a un río cuyo caudal se ha visto incrementado por las recientes lluvias, o en algún altozano desde el cual poder contemplar el horizonte teñido de grises y ocres. No hay guiones previos ni jerarquías fijas; basta con la disposición compartida de detenerse y tratar de sintonizar con el escenario escogido y todo lo que contiene.

El frío que ya comienza a asentarse, la humedad que se posa sobre la piel, el crepitar de las ramas secas bajo los pies o el rumor lejano de un torrente se convierten en parte esencial de este tipo de ceremonias. Se encienden pequeños fuegos mientras la noche se asienta, no tanto por necesidad de calor como por el diálogo que las llamas establecen con la oscuridad creciente. Se depositan hojas, piedras o frutos de temporada sobre altares improvisados, ofrendas efímeras que el viento o la lluvia terminarán por devolver a su ciclo. Todo ocurre en sintonía con el medio físico que sirve de hilo conductor. Si la lluvia hace acto de presencia, la ceremonia se adapta y el agua se recibe como elemento purificador; si el cielo se despeja de pronto, se aprovechan los destellos celestes para afianzar la conexión establecida bajo las estrellas que ya se dejan ver con mayor nitidez.

La música actúa como el verdadero catalizador. No se trata de piezas elaboradas ni de interpretaciones virtuosas, sino de sonidos que nacen en el instante, percusiones que marcan el pulso, sirenas que se acoplan al  silbido del viento entre los árboles, voces que se entrelazan en tonos graves o melodías que parecen surgir de entre las sobras que construye el propio paisaje. A veces es sólo el sonido de dos trozos de madera convertidos en instrumentos improvisados, o el eco del canto de un ave que se pierde entre las montañas. Esos sonidos tejen el vínculo. Une a quienes están presentes con lo invisible que habita en el aire, en la tierra húmeda, en en la etapa que se cierra y se prepara para el acometer el ciclo invernal. La música no acompaña la ceremonia, la atraviesa, la sostiene y la abre hacia dimensiones más arcanas, donde el tiempo lineal se diluye y se percibe una continuidad más profunda entre lo que fue, lo que es y lo que será.

En este tipo de encuentros, se respira una espiritualidad desprendida de dogmas. Se trata de estar, de escuchar, de dejar que los elementos hablen a través del cuerpo y de la atención colectiva. El viento que levanta las últimas hojas, el olor a tierra removida, el contraste entre el calor del fuego y el frío que avanza… todo ello se convierte en lenguaje. Y cuando la música se eleva; aunque sea apenas un murmullo rítmico; esa conexión se vuelve tangible mientras una especie de corriente une a los presentes con el entorno y más allá; con aquello que no necesita nombre para hacerse sentir.

Así que..., en estos días, todo adquiere una vibración más sutil que viene a recordarnos que la espiritualidad puede habitar en lo más simple, en lo inmediato, en la sintonía con lo que el cielo y la tierra ofrecen en un momento preciso. Y es la música, ese hilo sonoro que se teje entre todos, la que permite que el misterio se manifieste sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado esperando el momento exacto en que los presentes decidieran sumergirse en un estado de conciencia colectivo arropado por cadencias como está. 🎶👇

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