La senda sugerida.


Ella me llama desde el umbral de su piel,  
sin palabras, sólo con el fuego de una mirada encendida
que traza una senda en un pecho desnudo  
y funde su aliento con el mío
hasta diluir el origen del que surge el deseo.

Sigo el temblor que nace en sus caderas,  
esa curva suave que me incita a adentrarme
allá donde el río de su anhelo me arrastre.
Hundo mis manos y me olvido de mí nombre  
mientras dejo que su ola me disuelva sin oponerme.

Cruzo el puente de sus muslos abiertos
caminando por un cuerpo que se define en silencio. 
No existe mapa más claro que ese ardor  
que late entre nosotros en un solo pulso  
mientras susurra: "pasa y no te vayas nunca".

Abandono la orilla de lo que era,  
sumerjo mi forma en la suya desdibujando las antiguas fronteras.
Sus senos pasan a ser mi nueva enseña,  
su vientre el altar donde depositar esa ofrenda
que sellará ese pacto inquebrantable.

Así, paso a paso, cuerpo a cuerpo,  
sus labios me desvelan el decisivo secreto
en el instante en que dos se hacen uno,  
en que mis latidos se condensan con los suyos 
y el mundo entero cabe en este abrazo eterno.

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