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martes, 31 de mayo de 2011

Del temor al anhelo.


Como he apuntado hace poco, la sumisión está conformada por una gran variedad de pequeños detalles que la dan su cuerpo y configuran su esencia que, como pequeñas aristas, sobresalen, sutil pero inequívocamente, por encima del normal devenir en una relación de pareja.

También son innumerables los sentimientos y estados contradictorios a los que sumisos y sumisas se verán enfrentados con el tiempo y este es, además, uno de los rasgos más característicos que conforman el universo bdsm.

Resulta inevitable (y yo diría que, incluso, conveniente) que al iniciar una relación D/s, la parte sumisa sienta ciertas reservas hacia según que prácticas. Estas no son las mismas en todas las personas como tampoco lo es el grado de temor que cada una de ellas siente. Esa cuestión resulta tremendamente relativa y se adentra mucho en el terreno de lo personal por lo que, a ese respecto, únicamente el conocimiento paciente y profundo sobre el otro nos dará las claves para identificar, a ciencia cierta, las aprensiones y dudas de nuestros discípulos.

No digo que, en caso alguno, vaya resultar tarea fácil traspasar esa barreras, esos “límites”, pero de lo que no hay ninguna duda es de que esta particularidad en concreto forma parte irrenunciable de la (en mi opinión) verdadera sumisión y que, por costosa y difícil, resulta, una vez conseguida, enormemente gratificante tanto para el dominante como para el sometido. Además, muchas son las ocasiones en que, una vez derribados los muros de la aprensión, ciertos actos, pasan de ser recelados a ser ansiados.



Confesaros que pocas cosas me llenan más en el ejercicio de la dominación que el hecho de ver reflejado en los ojos de mi sumisa la inquietud al verse en la tesitura de tener que afrontar un lance, en principio, molesto y no deseado y, a la vez, comprobar, a pesar de sus reparos, su obediencia y predisposición a la hora de acatarlo con diligencia y sin dilación.

Pero, como sé que, muchas veces, no alcanzo a expresar del modo en que a mi me gustaría mis propias ideas, voy a aprovechar las palabras de otro y, de paso, haceros una pequeña recomendación.



A Félix María Samaniego muchos le conocemos por su serie de fábulas cargadas de mensaje ético y que forman parte de la conciencia moral que hechos y tiempo se han encargado de poner en valor. Pero, por lo que no es tan conocido es por sus obras de carácter más “inmoral” o licencioso de las que, igualmente, también es posible extraer una moraleja. Reunidas estas bajo el título “El jardín de Venus”, resultan una lectura de lo más interesante y, desde aquí, os emplazo a echarles un vistazo para disfrute y deleite de vuestros sentidos.



Esta que he escogido, titulada “El nudo”, ilustra a la perfección lo que quiero poner de relieve en esta entrada y da una idea bastante certera sobre la futilidad de ciertos temores cuya única base se sustenta en el desconocimiento.

Espero que os guste.





El nudo.

Casarse una soltera recelaba
temiendo el grave daño que causaba
el fuerte ataque varonil primero
hasta dejar corriente el agujero.

La madre, que su miedo conocía,
si a su hija algún joven la pedía
con el honesto fin del casamiento,
procedía con tiento,
sin quitarle del todo la esperanza,
hasta que en confianza
al galán preguntaba sigilosa
si muy grande o muy chica era su cosa.

Luego que esta cuestión cualquiera oía,
alarde al punto hacía
de que Naturaleza
le había dado suficiente pieza.

Quién decía: -Yo más de cuarta tengo;
quién: -Yo una tercia larga la prevengo;
y un oficial mostró por cosa rara
un soberbio espigón de media vara.

Tan grandes dimensiones iba viendo
la madre y a los novios despidiendo,
diciéndole: -Mi niña quiere un hombre
que con tamaños tales no la asombre:
un marido de medios muy escasos;
y así, ustedes no sirven para el caso.

Corrió en breve la fama
del extraño capricho de esta dama,
hasta llegar a un pobretón cadete
que luego que lo supo se promete
vivir en adelante más dichoso
llegando con astucia a ser su esposo.

Presentose en la casa
y, lamentando su fortuna escasa,
dijo que hasta en las partes naturales
eran sus medios en pobreza iguales.

Oyendo esta noticia,
la madre le acaricia,
y, como tal pobreza la acomoda,
al cadete en seguida hizo la boda.

Ajustada conforme a su deseo,
en la primera noche de himeneo
se acostó con su novio muy gustosa,
sin temor, la doncella melindrosa;
mas, apenas su amor en ella ensaya,
cuando enseñó el cadete un trastivaya
tan largo, tan rechoncho y desgorrado,
que mil monjas le hubieran codiciado.

La moza, al verlo, a todo trapo llora;
llama a su madre y su favor implora,
la que, en el cuarto entrando
y de su yerno el cucharón mirando,
empezó del engaño a lamentarse
diciendo que le haría descasarse;
y el cadete, el ataque suspendiendo,
así la habló, su astucia defendiendo:

-Señora suegra, en esto no hay engaño;
yo no le haré a mi novia ningún daño,
porque tengo un remedio
con que el tamaño quede en un buen medio.

Deme un pañuelo: me echaré en la cosa
unos nudos que escurran, y mi esposa,
según que con la punta yo la incite,
pedirá la ración que necesite.

Usté, que por las puntas el pañuelo
tendrá para evitar todo recelo,
los nudos, según pida, irá soltando
y aquello que la guste irá colando.

No pudiendo encontrar mejor partido,
abrazaron las dos el prevenido:
al escabullo encasan el casquete,
y la alta empresa comenzó el cadete.



Así que la mocita
sintió la titilante cosquillita,
a su madre pidió que desatara
un nudo, para que algo más entrara.

Siguieron la función según se pudo,
a cada golpe desatando un nudo,
hasta que al fin, quedando sin pañuelo
el potente ciruelo
dentro ya del ojal a rempujones,
apenas ver dejaba los borlones.

Mas ella, no saciando su apetito, decía:
-¡Madre, quite otro nudito!

A que exclamó la vieja, sofocada:
-¡ Qué nudo ni qué nada!
Ya no queda ni nudo ni pañuelo;
que estás con tu marido pelo a pelo.

-i Cómo!, la hija respondió furiosa.
¿Pues qué hizo usté de tan cumplida cosa?
¡ Ay!, Dios se lo perdone;
siempre mi madre mi desdicha fragua;
todo lo que en las manos se le pone
al instante lo vuelve sal y agua.

El nudo. Félix María Samaniego. (El jardín de Venus)

8 comentarios:

  1. Joer!!!!
    Ni conocía la mentada "fábula" ni tenía idea de la glotonería de la nena en cuestión, jejejeje.
    Todo es cuestión de conocer... jiji.
    Cariños!!!!!

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  2. Pues existen unas cuantas más, Sweet. Así que..., si te ha resultado instructiva, te animo a conocer el resto.

    Un saludo rosa azulada.

    ResponderEliminar
  3. mmmmmmmmmmmm...me ha encantado!!!

    La verdad es que me ha parecido una manera divertidísima de entender el concepto de tu post...porque será que siempre encuentras la manera de que queden las cosas clariiiiiitas claritas....jejejeje...

    Nada como encontrar el método para ganarse la confianza y hacer posible ir venciendo los temores...

    Un abrazote muuuuuy gordote!!!

    A Tus pies mi Señor.

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  4. Ya sabes cual es el modo que suelo emplear para hacerme entender, mi sierva, y..., si lo consigo, mejor que mejor. ¿No?

    Por otra parte, espero que te haya gustado el poema que elegido para ilustrar mi punto de vista y que hay despertado tu curiosidad por conocer más acerca de la obra de este autor.

    Un beso y un azote.

    ResponderEliminar
  5. aaaains mi Señor...si si...me ha gustado el poema....pero....sip un pero...jejeje...me gustan mas Tus palabras....no puedo evitarlo....aaaains....las leo y releo...y mmmmmmmmmmmmmm

    Un abrazote de tu tontorrona.

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  6. ¿De qué te extrañas "tontorrona", si esas palabras son tu alimento?

    Un beso y un azote.

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  7. Dejando al margen tan buena elección del Jardín de Venus, permítame contradecirle cuando dice que no se explica bien con las propias.

    Coincido con Usted en lo importante de esa mezcla de temor y de deseo, responsable de la ebullición de la caldera como un puñado de sal en una olla de agua.

    Y, desde el otro lado, sin barreras no hay reto y sin reto pronto se instala el desinterés.

    Guiar a nuestra Galatea a través de ella misma es lo que da sentido a Nuestra Obra y el origen de Nuestra Vocación.

    Con Mis Respetos,

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  8. No podría estar más de acuerdo con usted, Señor de la Mansión, salvo, eso sí, en lo que respecta a mis dotes como divulgador.

    Da gusto encontrarse con personas que comprenden la esencia de este mundo sin necesidad de tener que eternizarse con exposiciones o discursos.

    Un placer contar con su presencia en esta urbe. Bienvenido a la Ciudad tras el Sol. Vuelva cuando lo deseé.

    Un cordial saludo.

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