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domingo, 15 de mayo de 2011

Tras la sanción


Muchas veces sucede que, durante el ejercicio del dominio, se hace necesario aplicar medidas correctoras a fin de erradicar aquellas costumbres o comportamientos que son incompatibles con la sumisión.

No estoy hablando aquí de esas otras prácticas que se llevan a cabo entre dominantes y sometidos y que van encaminadas al descubrimiento de los límites así como a su posterior y progresiva superación. No. Lo que deseo exponer en este post es mi punto de vista sobre lo que viene a suceder cuando se aplica un castigo en toda la extensión de la palabra. Es decir: cuando este viene motivado única e inequívocamente por una falta.

En primer lugar creo que, antes de nada, se deben intentar exponer claramente los motivos que generan esa respuesta por parte de l@s Am@s ya que, si no, corre el riesgo de parecer arbitraria y puede suceder (sobre todo al principio, cuando se está afianzando el vínculo) que exista un desconocimiento real y sincero sobre las razones que conducen a una sanción determinada.

Sobre la cuestión de si resulta conveniente aplicar los castigos en el mismo momento en que se tiene conocimiento de un agravio o si es mejor dejar aparcado el asunto para más adelante…, la verdad es que no sabría establecer un criterio fijo a ese respecto. Son tantas las variables y factores que pueden intervenir en este hecho que no me atrevería a decir cuando es mejor actuar de un modo o de otro. Lo que si tengo muy claro es que siempre se debe evitar actuar movidos por la furia o en estados de agitación desmedida.


Por último, en lo que a la óptica dominante se refiere, toda vez se haya efectuado la acción correctora, conviene dejar zanjadas las causas que la motivaron y no continuar insistiendo machaconamente en ellas ya que, estas, han tenido sus consecuencias y (si no se vuelven a repetir) no existe necesidad alguna de continuar recordándolas.

Pero, ¿qué pasa por la mente de aquellas personas que se hacen merecedoras de sanción? Bueno, la verdad es que aquí también pueden darse muchos puntos de vista y me interesa notablemente conocer cuales son los vuestros. Por supuesto, eso no quiere decir que no vaya a dejar constancia de los míos para que así podáis determinar si existe consonancia o no con los que, cada uno de vosotros, albergáis.


Sin duda que, para una sumisa o un sumiso, ya resulta un trago bastante amargo el mero hecho de tener que reconocer un error y, si a esto añadimos un correctivo de naturaleza física, las connotaciones que adquiere el acto en sí van mucho más allá. No olvidemos que la carga psicológica que lleva aparejada esta cuestión es muy elevada y es más que probable que una practica habitual, cuando es impuesta como castigo, resulte mucho más difícil de asumir. Ahora bien. Esto no ha de suponer nunca una excusa en el momento de acatar la sanción, por mucho que el subconsciente se rebele, ya que, de ser así, el sujeto en cuestión, solo conseguiría hacerse acreedor a una nueva reprimenda. No digo que el castigo deba asumirse gustosamente (no sería un castigo si así fuera) pero sí con resignación y una firme voluntada de obedecer. ¿Qué es, si no, la sumisión?

Sé que una vez se ha sido objeto de un acto de aleccionamiento, la autoestima se ve; necesariamente; tocada, y que, dependiendo de la persona y las circunstancias, las reacciones podrán ser muy distintas: recelo, rabia, autocompasión, bloqueo…, (las variables son casi infinitas) pero, en mi caso, cuando veo como una sumisa afronta con estoicismo (sin quejas, sin obstinaciones y con decisión) las consecuencias de su falta, es algo que me llena de orgullo y pienso que, tal vez, esa sea la clave para poder enfrentarse a esos momentos. No centrar los sentidos en el componente negativo, si no verlo, como todo lo demás, como un reto de superación que también sirve para demostrar (más que otros incluso) el nivel de entrega. De esa forma es posible, a pesar del mal trago, salir fortalecidos de la experiencia y cambiar las lágrimas de dolor por la satisfacción de una entrega plena.


Vosotros… ¿qué pensáis?

11 comentarios:

  1. Sólo como opinión y experiencia personal reciente... la idea del castigo finalmente será no volver a cometer el error; sea este castigo físico o no (como lo acaba de ser en mi caso y que me ha parecido un millón de veces más doloroso). Sólo quedo con la plena seguridad de no volver a incurrir en la falta. El dolor de fallar a quien una se entregó y sus consecuencias son insoportables.

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  2. Pienso como Sweet , duele mas el saber que has fallado , que el castigo por muy doloroso que sea , asi que el castigo sumado a tu sentimiento de culpa hacen que no se vuelva a cometer ese error :)

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  3. Pienso lo mismo que Sweet y safira, lo que más duele es saber que has fallado. En cuando aplicar el castigo es decisión del amo, cuando él lo crea conveniente.
    Un saludo y un beso para su bonita dana.

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  4. Piensas en que no se volverá a repetir, no se volverá a repetir, no, no, no, porque el sentimiento de fracaso, de que has errado es mucho más fuerte que otra cosa. Y se aprende, vaya que se aprende...

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  5. buuuuuuuuaaaaaaaa...he puesto un comentario y se me ha borrado todoooo....buuuaaaaa...jejeje

    Sera una señal? un aviso??haremos caso por lo que pueda pasar....

    Un abrazote!
    A Tus pies mi Señor...
    Espero deseosa su presencia...

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  6. blogger 1 - dana 0
    ¿que pasara hoy?

    Mi opinión, aunque bien la conoces, es que antes, durante y tras, en la mente de la sumisa se agolpan multitud de pensamientos, y no todos precisamente sumisos, lo que hace que la carga psicológica sea muuuuy elevada, porque debe aceptar el fallo y el castigo en si a la vez que lucha con su yo interior para no perder el sitio al que se debe.

    Para mi, muchas veces el "antes" es peor que el "durante", porque durante el castigo, se sabe que tiene un inicio y un final definido, y que si se ha aceptado interiormente, la sumisa se puede abandonarse en la confianza (esencial en este caso) de que es necesario y soportable y aunque evidentemente haya dolor, se sabe que con él habrá redención, y eso es imprescindible y liberador para el alma de la sumisa.

    Quizás lo mas duro es cuando el castigo cesa, pues el control pasa totalmente a la mente de la sumisa. Ya no hay nadie que piense y decida por ella, sino que se encuentra sola ante la desazón que se crea, y ella sola debe adquirir la actitud para que ese castigo
    sea beneficioso para su avance, y no dejarse llevar por los sentimientos negativos que conlleva, haciendo que sea peor el remedio que la enfermedad. Creo que aquí el Dominante debe permanecer atento para, conociendo a su sumisa, guiarla también para que de sus frutos....


    Confieso que no había pensado en el hecho de que un Dominante pueda sentir orgullo ante la actitud de su sumisa en el castigo, y eso me lleva a pensar que, siempre que se habla de castigos, todos nos planteamos que siente la sumisa, pero a mi me viene a la mente....¿Que siente el Dominante? Muchos aquí pueden pensar que disfruta con este acto, pero sinceramente creo que no es así pues igual que para una sumisa, un mismo acto puede concebirse como agradable o detestable según el contexto, para un Dominante de igual modo.

    En fin...un gran tema de debate...buen post mi Señor y muuuuuuy buenas imágenes...

    Muchas gracias una vez mas por aportar Tu pensamiento.

    A Tus pies mi Señor.

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  7. Muy interesante tu comentario Sweet y muy acertada la puntualización que haces sobre que los castigos no tienen por qué ser físicos y que, además, cuando son de este otro tipo, tienden a resultar aún más dolorosos.

    Un ejemplo de esto podría ser la soledad, o dicho de otra forma, la ausencia forzada del Amo o Ama. Ese que obliga a prescindir de la guía y el sentido último de la sumisión. Aunque, claro, todo dependerá de la falta.

    Un saludo.

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  8. Bueno safira. La verdad es que muchas veces esos errores vuelve a aparecer. Depende de la persona, claro está, y puede obedecer a un sin fin de motivos. Pero te puedo asegurar que, un castigo en si mismo, no elimina los errores de un plumazo como tampoco lo hace el sentimiento de culpa. En ocasiones, esa culpa, incluso hace que se incurra en nuevas faltas.

    Pero no me hagas mucho caso ya que todo tiende a ser bastante relativo.

    Un saludo.

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  9. Pues te respondo lo mismo que a Sweet y a safira, magnolia..., que (como suele ser muy habitual en mi)..., depende.

    En cuanto a que es el dominante el que decide el momento, creo que eso queda fuera de toda duda, ¿no?

    Un saludo para ti también y gracias por acordarte de mi sierva.

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  10. Si no se aprendiera mal, iría la cosa ¿no crees laprincesa{Celta}?

    No es una situación agradable, de eso no hay duda, pero no hay que olvidar que persigue un objetivo y esa a de ser la verdadera óptica desde la cual encarar la sanción..., la de la mejora, la superación y la entrega plena y consciente.

    Un saludo.

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  11. No sé, no sé….

    ¿No estarás tramando ninguna travesura? ¿Verdad?

    Je,je,je.

    Estoy muy de acuerdo contigo dana, pero, también es verdad que haces un poquillo de trampa ya que conoces en gran medida cual es mi modo de pensar.

    Sobre lo que dices de… ¿qué siente un dominante cuando aplica un castigo?, solo puedo manifestarte mi propio parecer y, este, no tiene por qué ser coincidente con el de otros. De todas formas, allá va.

    El hecho de tener que aplicar una sanción significa, en primer término, un cierto fracaso en la doma, y digo “cierto” porque lo preferible, a mi entender, es no tener que llegar a esos extremos.

    En mi caso, no necesito castigar para obtener placer de mi sumisa, al contrario, pero eso no quiere decir que no vaya a emplear ese recurso cuando las circunstancias así lo requieran.

    Para mi, el castigo no es un medio mediante el cual producir dolor (independientemente del tipo que sea) si no que se trata de una herramienta de la que echar mano cuando, a través de otras técnicas, no se consigue el efecto deseado, no se tienen en cuenta las advertencias o un comportamiento concreto y no tolerado tiende a repetirse con frecuencia.

    El castigo es, ni más ni menos, un toque de atención magnificado, una marca indeleble que se deja en la memoria de quien se somete para que sirva de recordatorio en ocasiones futuras.

    Un beso y un azote, mi dulce sierva.

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