Calma virgen.

 


Cuando ya se lleva un tiempo sumergido en la desenfrenada vorágine que caracteriza a nuestra dinámica ciudad, cuesta creer que pueda haber entre sus habitantes algo más que un acentuado gusto por todo cuanto conlleva un incuestinable sello de apasionada exaltación. Pero muy al contrario de lo que pudiera parecer teniendo en cuenta esa indiscutible querencia, tampoco todo iba a consistir en una interminable sucesión de actos de desaforada exaltación.

Lo cierto es que... no resulta infrecuente observar cómo nuestros conciudadanos abandonan de manera temporal sus actividades y espacios cotidianos bajo la premisa de dejarse envolver por unas atmósferas sin tanto atavío postizo; pero, aún así, seguramente mucho más elocuentes y sobrecogedoras si se comparan con aquellas otras a las que ya suelen estar acostumbrados.

Desde esas fuentes de sereno poderío que salpican la geografía de la Nación Invisible, buscan nutrirse de la pureza que enmana de esa energía primigenia al objeto de depurar el inherente deterioro que puede llegar a producirse si se pierde del todo esa conexión que nos mantiene unidos a lo que de verdad importa.

Que las pasiones, incluso aquellas de naturaleza más desatada e intensa, formen parte de nuestras vidas, no es algo que haya de considerarse pernicioso per se; basta, aunque a veces se nos pueda hacer un tanto difícil, con no dejar que nublen el resto de nuestro horizonte.

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