Contra viento y marea.

 


Nuestra ciudad y sus habitantes tienden a desplegar en su forma de conducirse una dinámica un tanto peculiar y no exenta de cierto preciosismo, la de quienes no se avergüenzan de lo que son pero que tampoco se atrincheran en ese hecho como si de una fortaleza estéril se tratará. Me estoy refiriendo a una clase de actitud bastante endémica e interiorizada que combina arraigo y apertura, orgullo sereno y curiosidad viva. Aquí la gente entiende que la identidad no es una estatua de bronce que hay que defender del tiempo, sino un árbol de raíz profunda cuyas ramas pueden moverse con el viento sin que por ello deje de ser el mismo árbol.

Saben que dejarse inspirar no equivale a dejarse influir. La inspiración es un diálogo libre y fecundo; miras al otro, reconoces la luz de la que es portador, y esa luz enciende algo que estaba dormido dentro de ti. La influencia, en cambio, es otra cosa; es consentir que otros apaguen nuestra luz para que la suya sea la única visible. Por eso en nuestra ciudad se valora la capacidad de admirar sin limitarse servilmente, de aprender sin abdicar, de incorporar sin disolver. El que se deja manipular o doblegar no crece; simplemente cambia de dueño.

Este equilibrio produce un tipo humano muy particular, valiente pero respetuoso, determinado pero dialogante, sereno pero nunca manso. La serenidad no es ausencia de fuego, sino fuego bien gobernado. Por eso, ante un ataque no provocado, la respuesta es firme, a veces dura, pero nunca gratuita. No se persigue el enfrentamiento, pero tampoco se tolera la humillación. Se responde con la calma del que sabe quién es y con la contundencia del que no está dispuesto a dejar de serlo.

Lo más hermoso es el modo en que esta gente enfrenta la adversidad. No se rompen ni se endurecen hasta volverse rígidos. Se amoldan, sí, pero cambiando lo justo. Como el buen acero, se templan sin perder su esencia. Pueden doblegarse ante la tormenta, pero no claudican ante discursos que no comparten. Ajustan el paso cuando el camino se estrecha, pero nunca olvidan la dirección que marca su brújula interior. Esa brújula cuyo rumbo no viene determinado por las modas, ni las conveniencias, ni las voces más ruidosas del momento; señala el núcleo irrenunciable de lo que siempre han sido.

Así, nuestra ciudad se convierte en un lugar donde es posible ser al mismo tiempo fiel a uno mismo y estar en constante evolución. Donde la lealtad a la propia raíz no impide que crezcan nuevas ramas. Donde la apertura no es debilidad ni la firmeza es cerrazón. Es un equilibrio fluido y armónico, siempre amenazado, siempre reconquistado. Un equilibrio que exige carácter: valentía para no avergonzarse, humildad para seguir aprendiendo, discernimiento para saber qué se incorpora y qué se rechaza, y coraje para defender, cuando sea necesario, lo que en el fondo nunca se ha dejado de ser.

Ese es el espíritu que nos habita. No perfecto, pero sí vivo. No uniforme, pero sí reconocible. Un carácter que no se grita, pero que se nota en la forma de caminar por las calles, de discutir en las plazas, de resistir las adversidades y de celebrar las bonanzas sin perder nunca de vista quiénes somos. Y, sobre todo, quiénes queremos seguir siendo; apoyándonos, si es que la ocasión así lo requiere..., 👇🎶

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