Conversión.
Hay ciudades que se limitan a ser un escenario que recibe, aloja y despide. Otras, en cambio, poseen una indentidad particular, una atmósfera que no se conforma con el acto de ser contemplada. Nuestra ciudad, necesariamente, ha de quedar englobada en esa segunda categoría.
Quienes recalan a ella —ya sea por azar, por una escala imprevista o por una decisión deliberada— rara vez la abandonan con el mismo mapa interior que traían consigo en el momento de llegar. No se trata de un efecto turístico ni de un reclamo publicitario. Hablamos de una esencia densa, hecha de capas superpuestas, de luz que incide de un modo particular sobre las fachadas a determinadas horas, del trazado un tanto irregular de sus calles, de ese regusto que dejan unas conversaciones que no buscan agotar ni agotarse, de ese contraste entre lo antiguo que resiste y lo nuevo que se impone sin disimulo ni vergüenza.
Esa combinación no es neutral. Actúa como un solvente lento sobre las certezas que el visitante trae consigo. Algunos llegan con la mirada ya formada, con categorías rígidas sobre lo que debe ser una ciudad, sobre el progreso, sobre la belleza o sobre la propia identidad. Al principio se resisten. Observan desde la supuesta objetividad del forastero, catalogan, comparan. Pero la ciudad no se deja catalogar del todo. Tiene por costumbre romper con ciertos esquemas. Un callejón que no debería conducir a ninguna parte se abre de pronto a una plaza inesperada; un gesto cotidiano de un desconocido contradice una idea preconcebida; el silencio que, a ciertas horas de la tarde, obliga a escucharse a uno mismo de otra manera. Poco a poco, los convencionalismos importados van perdiendo fuerza y el visitante deja de ser un mero espectador para convertirse en participe.
Lo que se modifica no es siempre espectacular. A veces es apenas un matiz: una mayor tolerancia hacia lo imperfecto, una sospecha nueva sobre las prisas, una sensibilidad distinta hacia el tiempo. Otras veces el cambio es más profundo. Personas que llegaron con la convicción de que el mundo se divide en categorías claras descubren aquí que esas fronteras son más porosas de lo que en principio se habían imaginado. Otras que traían consigo una melancolía privada encuentran, sin buscarlo, un eco que la hace menos solitaria. Y hay quienes que, habiendo venido sólo de paso, terminan por reconocer que algo en su forma de mirar ya no es el mismo.
La ciudad no predica. No ofrece lecciones explícitas. Su poder radica precisamente en el hecho de transmitir por impregnación. Su esencia —esa mezcla de memoria, de vitalidad imperfecta, de belleza no siempre complaciente— se filtra entre aquellos que se expone a ella el tiempo suficiente. No convierte a todos por igual. Hay quienes pasa de largo y se van intactos. Pero aquellos que se detienen, aunque sea por casualidad, suelen experimentar esa leve pero irreversible alteración sobre su punto de vista.
Al final, la ciudad no cambia a las personas para que se parezcan a ella. Más bien las invita a mirar de otro modo, a aceptar que lo que se creía fijo puede desplazarse. Y cuando el visitante la abandona—si es que lo hace—, se lleva consigo no sólo recuerdos, sino una versión ligeramente distinta de sí mismo. Una versión que ya no puede olvidarse de la experiencia de haber estado aquí.
Esa es, quizá, la verdadera capacidad de esta urbe tan particular: no conquistar, sino transformar. No imponer una identidad, sino diluir las que llegaron demasiado cerradas. Y..., en ese proceso, obsequiar al viajero con una mirada un poco más amplia, un poco más permeable, un poco más humana. Algo más parecido, quizas, a lo que describen...👇🎶


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