Esa otra trascendencia.

 


En nuestra ciudad todavía se respira un aire distinto. Aquí el acento no está puesto en la pantalla, sino en la mirada. Las plazas, los cafés, los mercados y los parques siguen siendo los verdaderos escenarios donde se tejen las relaciones que importan. La gente se encuentra, se abraza, conversa sin prisa y resuelve en persona lo que en otros lugares se diluye en mensajes y emojis. Las cenas, las tertulias de barrio, las quedadas improvisadas o las fiestas organizadas siguen siendo el centro de gravedad de la vida social.

Las redes sociales existen, por supuesto, pero son entendidas como lo que son en realidad: una herramienta, no un sustituto de la existencia. Se usan para convocar, para compartir, para difundir o para celebrar algún logro propio o ajeno. Sirven para crear y para conectar, nunca para reemplazar. 

Nadie aquí confunde “likes” con compañía ni seguidores con amigos. Existe una conciencia colectiva, casi instintiva, de que la felicidad no cabe en un ordenador o un smartphone. Sabemos que un abrazo dura más en el cuerpo que cualquier notificación, que una conversación con pausas y risas reales alimenta más que un hilo interminable, y que la pertenencia verdadera se construye con tiempo compartido, no con stories efímeros.

Es un equilibrio antiguo y, al mismo tiempo revolucionario en estos tiempos, usar la tecnología sin dejar que ella nos use a nosotros. Vivir la vida real como protagonista y dejar que las redes sean solo el cartel que anuncia la obra, nunca la obra misma.

Por eso, en nuestra ciudad, cuando alguien pasa demasiado tiempo “conectado”, suele haber alguien cercano que le dice con cariño: “Apaga eso y vente a la calle”. Y funciona. Porque aquí todavía prefieren mirar unos ojos antes que una pantalla. Irónicamente; y en honor a la verdad; también hay momentos en que se sirven Mde ciertas aplicaciones para evidenciar esto que acabo de decir...👇🎶

... mediante propuestas como esta.

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