Endavant.


Hay ciudades que se miden por la altura de sus torres y otras que se miden por la profundidad de sus cicatrices. La nuestra pertenece, sin duda, a las segundas. Y sin embargo, quien camine hoy por sus calles no hallará luto ni resignación, sino un rumor sordo y tenaz, casi eléctrico, que sale de las bocas, de los pasos apresurados, del sonido de actividad que se apodera de la urbe antes incluso de que el alba ponga punto y final a la noche. Es el espíritu de quienes han convertido la adversidad en combustible.

No se trata de ese optimismo de cartel publicitario que promete sonrisas eternas. Es otra cosa: más oscura, más útil, más verdadera. Los moradores de esta ciudad han aprendido —a fuerza de golpes que no es preciso enumerar— que el dolor no se disuelve con el tiempo; se destila. Y de esa destilación sale algo parecido a la gasolina: inflamable, peligroso si se malgasta, pero capaz de mover máquinas enormes.

Se les ve en los andamios que vuelven a alzarse sobre solares que hace poco parecían cementerios de cemento. Se les oye en las conversaciones de barra donde ya no se habla tanto de lo perdido como de lo que todavía puede construirse. Se les advierte en la forma en que los más jóvenes miran el horizonte: no con inocencia, sino con esa avidez calculada de quien sabe que el próximo obstáculo no será el último, pero tampoco será el que los detenga.

Hay una especie de orgullo callado que se propaga como la marea, lenta pero inexorable. No es jactancia. Es la certeza práctica de que la adversidad, una vez atravesada, deja de ser enemigo y se convierte en maestro severo. Quien ha aprendido a caminar con el viento en contra descubre, al cambiar de dirección, que ese mismo viento empuja. Y entonces la ciudad entera parece inclinarse hacia adelante, como un cuerpo que ha encontrado por fin el equilibrio después de una larga convalecencia.

Los periódicos de antaño habrían hablado de “renacimiento”. Nosotros, más sobrios y quizás más honestos, preferimos hablar de metabolismo. Esta ciudad no ha olvidado sus heridas; las ha fagocitado. Las ha transformado en energía cinética. Cada nuevo desafío —ya sea tecnológico, social o simplemente humano— es recibido no con la fatiga del vencido, sino con la curiosidad inquieta de quien ha comprobado, una y otra vez, que el límite está siempre un poco más allá de donde se creía.

Así se respira hoy en estas calles. No hay fanfarrias ni proclamaciones. Solo ese rumor constante, ese latido colectivo que dice, sin necesidad de palabras: seguimos. Y mientras ese latido continúe, la ciudad no solo resistirá. Avanzará. Y merced a ese espíritu, de tanto en tanto, hay quienes sienten el impulso de dejar constancia, a pie de página de...,🎶👇

Comentarios

Entradas populares