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viernes, 18 de noviembre de 2016

Hace falta valor.





Creo que no estaría yendo demasiado desencaminado si me atreviera a afirmar que no existe ningún lugar en el mundo que no cuente, independientemente del motivo, con algún tipo de “enclave” emblemático. El origen y la esencia de esos “puntos de referencia” resultan, sin duda, muy diversos, así como su alcance, importancia e influjo.




Aprovechando que durante todo este año se está celebrando el doscientos cincuenta aniversario de su inauguración, me gustaría dedicar algo de tiempo a describiros uno de esos lugares. En concreto, este al que pretendo referirme, es ya toda una institución dentro de los lindes qarpadios, e incluso; si me apuráis; en determinados círculos que trascienden su fronteras. Se trata de un local (aunque aplicarle dicho término sería quedarse bastante cortos y…, tal vez, lo más adecuado sería referirse a él como una suerte de “complejo de entretenimiento”) al que, en su momento, se le otorgo el nombre de “Taimus” (algo así como: “exquisito”).




El Taimus fue, en origen, un espacioso y elegante pabellón de recreo que formaba parte de un proyecto constructivo mucho más amplio conocido como la “Aphiqa” (literalmente: “la hacienda”). A mediados del siglo XVIII, se propuso construir al sur de los límites de la antigua Qarpatia un recinto donde poder realizar aquellas “actividades de placer” tan del gusto de sus pobladores y el lugar escogido a tal efecto fue una zona; por aquel entonces, semi-pantanosa; situada en el curso bajo del río Návalon. Fue el 21 de junio de 1766 cuando se tiene constancia de su uso por vez primera durante un baile de máscaras que congregó a un nutrido grupo de asistentes y que; si hemos de hacer caso a las crónicas; hubo de resultar bastante “subido de tono” de intentar contextualizarlo bajo el prisma mayoritariamente imperante a nivel global..




Durante sus primeros años de actividad, no puede decirse que aquel emplazamiento hubiera de ser considerado como un constante foco de eventos o celebraciones más o menos bulliciosas. Tampoco es que su ámbito de influencia fuera mucho más allá del entorno geográfico próximo a la península mídiqa. Pero, hacia 1785, comenzamos a tener noticias de una mayor afluencia de visitantes; motivada, en parte, por el aumento de la oferta que brindaba y la mejora y ampliación de algunas de sus instalaciones. Aquel complejo pasó a convertirse en lugar de residencia temporal para muchos de los que, en Qarpadia, buscaban un cambio de aires; atraídos, sin duda, no sólo por el ambiente festivo y un tanto “disipado” que proporcionaba, sino, también, por la amplia dotación y excelencia de los servicios que prestaba (desde una heterogénea oferta gastronómica; pasando por tratamientos termales y de reposo, actividades deportivas, una nutrida amalgama de propuestas de índole cultural y… así, hasta completar un vasto catálogo de “mecanismos” de descanso y/o esparcimiento.




Tan elevada fue la demanda que generaron dichas “prestaciones” que se hizo necesario ampliar nuevamente las infraestructuras destinadas al alojamiento de los huéspedes, así como aquellas otras en las que se aposentaba el personal de servicio con el que se hacía necesario contar de manera permanente (más de 500 personas hacia 1811 y casi el doble hacia 1834).




Ese éxito, en apariencia incontestable, supuso el inicio de un progresivo declive para aquel espacio que ya había adquirido unas dimensiones más que considerables. A su alrededor se había hecho necesario erigir toda una seré de edificios auxiliares (talleres, almacenes, etc...) con el fin de poder mantener abastecido y en perfecto estado todo el complejo. Por otra parte, el “efecto llamada” que había suscitado la amplia actividad que se desarrollaba en aquel entorno, trajo consigo un aumento cada vez más visible de residencias particulares en aquella misma zona, lo que…; si bien contribuyó a una mejora sustancial de la red viaria  y de comunicaciones en general; supuso, a un tiempo, la pérdida de aquel relativo aislamiento que era posible disfrutar en el espacio original y que constituía uno de los mayores atractivos para sus visitantes. A punto de concluir el siglo XIX, en la Aphiqa; ya un tanto deteriorada por aquel entonces; apenas se desarrollaba alguna que otra actividad “residual”. Pero…, en ese preciso instante, vino a suceder algo que trasformaría de manera drástica todo aquel área y que, a la postre; tras conseguir adaptarse a las nuevas circunstancias; iba a ofrecerle al Taimus una segunda oportunidad.




Coincidiendo con el cambio de centuria, el aumento demográfico y la presión urbanística provocaron que los límites de la ciudad de Qarpatia se fueran ampliando (afortunada coincidencia) siguiendo precisamente el eje que describía el curso del Návalon hasta su desembocadura. De la paulatina metamorfosis que fue experimentando el paisaje ribereño se vio afectada, también, la amplia superficie que había ocupado “la hacienda” durante sus años dorados. Sus antiguos límites fueron progresivamente invadidos y muchas de sus estructuras terminaron siendo demolidas para facilitar una rápida transición hacia un ordenamiento más urbano. Pese a todo, el Taimus propiamente dicho consiguió sobrevivir y… no sólo eso. Gracias al acertado criterio de las autoridades administrativas de aquel momento, consiguió hacerse un hueco; a principios del siglo XX; como referente cultural de una urbe en plena expansión. Así ha continuado siendo hasta nuestros días en donde; tras sucesivas remodelaciones; a terminado adquiriendo el aspecto y los usos con los que cuenta en la actualidad.




Es a este punto a donde yo quería llegar a través de esta dilatada introducción: ¿en qué se ha acabado convirtiendo el Taimus contemporáneo? Pues bien. Lo que más me llamó la atención la primera vez que tuve la oportunidad de visitarlo no fueron ni su arquitectura ni la suntuosidad de tan exclusivo decorado, sino, más bien, la frenética actividad que se viene desarrollando en su interior. Independientemente de cuál sea el momento del día, funciona como si se tratara de un microcosmos donde siempre estuviera sucediendo algo y donde el continuo ir y venir de personas convierte a este espacio en una constante fuente de estímulos un tanto “mareante”; y hasta incluso abrumadora para quienes no estén habituados.




Estructuralmente; aunque se haya intentado respetar una gran parte de sus elementos originales; la distribución ha tenido que adaptarse a su ubicación en un entorno mucho más compacto que aquel otro para el que había sido diseñada. Puertas adentro, resulta un tanto laberíntico; caótico en apariencia; con el fin de sacarle todo el partido posible. Aunque no se trate de una edificación excesivamente grande, los sucesivos anexos y añadidos a su planta original obligan al visitante accidental a no recorrer sus estancias demasiado despreocupadamente si no quiere terminar perdiéndose (aunque, en ocasiones, esto último pudiera suponer un acicate).




Si nos dejamos caer por allí, tendremos la oportunidad de concurrir a conferencias y presentaciones de lo más “variopintas”, de degustar alguno de los platos más exquisitos del mundo en el interior de los afamados restaurantes que alberga y…, cómo no, de asistir a alguna de sus míticas fiestas (de las que se dice que haría sonrojar a las mismísimas bacantes y que parecen solaparse, una tras otra, de manera ininterrumpida).




Erotismo, desenfreno y voluptuosidad desmedida para este entorno concebido como un templo en el cual rendirse a los placeres mundanos, donde casi cualquier cosa es posible y donde las más libidinosas ensoñaciones se jactan de abandonar el reino de lo onírico merced a unos cuerpos que, gustosamente, vienen a ofrecerse como extasiados huéspedes.




Suelen decir los qarpadios que: “el Taimus nunca duerme”, y así es en verdad. Sabiendo esto, no os resultará nada complicado haceros una idea, bastante aproximada, de cómo será el cariz de los acontecimientos que tendrán lugar en su seno durante la noche de mañana; habida cuenta de que ese será el momento preciso en que esta ciudad estará celebrando el aniversario de su fundación.




A mí, este tipo de eventos, me pillan un tanto desentrenado, y creo que voy a optar por un destino algo más tranquilo y alejado de las aglomeraciones (aunque, eso sí, sin prescindir de una buena compañía).






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