Conjurados.
Conjurados,
que en una existencia de amarras y códigos,
abren las puertas de sus cuerpos
y dejan que sea el deseo el que hable
con su voz antigua y voraz.
Conjurados
que sirven a un fuego que no se amila,
mientras transforman su carne en un altar,
su piel en un lienzo
y su silencio en una ofrenda.
Conjurados,
que al rendirse sin reservas ni tratados,
hincan su rodilla ante un imperio
donde entregar la razón como rehén
y celebrar una gloriosa derrota.
Conjurados
que caminan descalzos sobre brasas
que el mismo anhelo ha encendido,
sin buscar la redención ni el perdón:
únicamente la embriaguez de entregarse.
Conjurados
que habitan el reino donde el gobierna el impulso,
libres de toda cadena moral,
y en esa rendición absoluta
encuentran su única verdad.




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