Página a página.

 


Abres el libro con dedos temblorosos,  
la cubierta cede mientras exhala olor a nuevo,  
las primeras líneas susurran promesas  
y el deseo despierta, tímido y alentador,  
buscando en cada palabra el calor que se anuncia.

Pasas las hojas con un ansia contenida,  
el relato se expone, el argumento se enreda,  
las imágenes laten bajo la tinta,  
el cuerpo del texto desliza confidencias  
y la tensión crece, página a página, sin prisa.

Te adentras profundo en la trama, el clímax se insinúa,  
las frases arden, los personajes se rozan,  
sientes el pulso acelerado en cada párrafo,  
la piel de la historia se impregna de anhelo  
mientras el final se demora, deliberadamente.

Casi al final, el nudo se aprieta,  
las últimas hojas tiemblan entre tus manos,  
el deseo clama por una resolución que se niega,  
la secuencia de sucesos es un jadeo incompleto,  
la tensión se estira hasta llegar a su epílogo.

Cierras el libro de incierto desenlace,  
las páginas quedan suspendidas en tu mente,  
el deseo se posterga, la tensión queda inconclusa,  
como si un amante se detuviera al borde del abismo  
dejando el fuego latente, eterno e insatisfecho.

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