Gabinetes licenciosos.
Desde bien antaño, en las haciendas y casa solariegas diseminadas allende nuestra ciudad, se comenzó a extender la costumbre de disponer de una estancia; adicional a las del resto de este tipo de residencias; que estuviera destinada únicamente al ejercicio de las más variadas e impúdicas disipaciones.
El estilo de dichos aposentos, así como la naturaleza de las actividades que se desarrollaban en su interior, podían estar sujetos a ligeras variaciones en función a la influencia que ejercieran sobre su moradores sus propias inclinaciones e inquietudes; si bien, con carácter más o menos general, se solía observar en todos ellos cierto gusto por la elegancia y el refinamiento.
Con el tiempo; aunque con frecuencia se tienda a abordar de un modo mucho menos ostentoso; esta costumbre se fue extendiendo, de manera progresiva, a lo largo y ancho de todo el territorio de la Nación Invisible.
Con cierta frecuencia; tal vez como un reflejo de la evolución que, de manera progresiva, va calando en la forma en que se desarrollan determinadas pulsiones; esos entornos, así como los empleos que se les aplican, se han vuelto más crudos; y la atmósfera que destilan tiende manifestarse más oscura y decadente.
Sea como fuere, en ambos casos, el objetivo primordial permanece invariable, y este no es otro que el de poder contar, de manera permanente, con un espacio exclusivo y convenientemente equipado en el cual poder dar rienda suelta a las más bajas pasiones.





La verdad es que choca el refinamiento y la ostentación de una estancia frente a la decadencia de la otra. Sin embargo, tal y como señalas, ambas despiertan las mismas pasiones... yo diría tanto las bajas como las altas ;)
ResponderEliminarUn besazo de 12 de diciembre
La forma, muchas veces, no la determina tanto el lugar como la naturaleza del momento y el ansía de sus participantes. Esos tienden a ser los elementos que más influyen en el desenlace.
EliminarSaludos emplazados.