Fervores atirantados.

 


Sobre los cimientos de un latido que no olvida,
y elevan la audaz estructura que envuelve tu pasión,
surgen pilares de muslos tensos, pulidos por el ansia,
como sólidos arcos sobre los que se sustenta un sentimiento compacto.

Ventanas rasgadas que dejan entrar la luz de la carne ajena,
rosetones de vitrales efímeros sobre una piel consagrada.
Y entre viga y viga, entre nervio y hueso,
los alegóricos tirantes —metalurgias de pasión y juramento—
consolidan el conjunto,
impidiendo que se derrumbe
antes de alcanzar el éxtasis.

Son tirantes de hambre pétrea,
de memoria en la piel;
amarres visibles entre lo terrenal y lo divino
que dejan que el templo fluctue,
pero jamás se derrumbe.



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